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El mal ejemplo,caldo de cultivo de los golfistas maleducados en los campos del país. |
Durante
años, muchos años, todos voltearon a mirar hacia otro lado. Como si nada de lo
que ocurría fuera con ellos, como si estuvieran de acuerdo con aquellas poses
maleducadas. Con su silencio cómplice, unos y otros avalaron actitudes que hoy,
curiosamente, vienen a ser juzgadas, penalizadas, criticadas. Es el producto
del mal ejemplo, tanto en la casa como en el campo de juego, y el karma que hoy
deben vivir los jugadores de bien que participan en los torneos que se realizan
en el país. Algo así como un ‘cría cuervos y se te volverán gamines’…
En medio de
la fiesta, cuando solo restaba conocer el nombre del ganador para ponerle
broche de oro a la jornada, al borde del green
del hoyo 18 del campo Fundadores del Country Club de Bogotá había malestar. Óscar
David Álvarez, Sergio Franky y Álvaro José Arizabaleta habían empatado en el
primer lugar, con sendas anotaciones de 66 golpes (-6), y debía cumplirse un
desempate para determinar las posiciones y, en especial, el bono mayor: el
derecho a disputar no solo el Pacific Colombia Championship presentado por
Claro, sino también el Claro Panamá Championship, los dos primeros torneos de
la programación del Web.com Tour en la temporada 2014.
Pocos, casi
nadie, querían que la victoria le correspondiera al vallecaucano, un golfista
de inmenso talento, pero también de actitudes muy reprochables dentro del campo
de juego (lo que haga fuera de él es su problema). Toté, como se le conoce,
siempre ha sido un contestatario, un rebelde sin causa, uno de esos jóvenes a
los que les gusta romper las reglas, desafiar, provocar por el simple hecho de
ver qué pasa. Comenzó desde muy pequeño y pronto descubrió que, además de su
buen juego, esa era otra estrategia para sentirse ‘célebre’, y la adoptó como
línea de conducta. En su círculo más íntimo siempre le acolitaron todo,
mientras que el entorno golfístico se declaró incapaz de hacer algo.
Arizabaleta tiene mucho talento, pero despierta grandes antipatías. |
¿Por qué
dar nombres propios? Porque durante años, muchos años, el anonimato ha sido el
caldo de cultivo de esta molesta especie de golfistas groseros y maleducados.
Arizabaleta, que también puede ser un joven muy decente y agradable cuando se
lo propone, no es el único. Hay más, muchos más, y varios de ellos también
transitaron el campo Fundadores este domingo, sin pena ni gloria. Los nombres
propios sirven para evitar las generalizaciones, que son igual de molestas que
esas actitudes antideportivas y suelen ser muy injustas. Además, en un país
como Colombia, que es el reino de la impunidad, lo único que, a veces, sirve
para frenar estos males es el escarnio público. En especial, en un medio como
el del golf, en el que el qué dirán es la máxima de vida de muchos.
Ojalá Toté,
que cuenta 22 años y un futuro promisorio si corrige el camino, entienda que
las malas compañías, que la vida licenciosa, que la rebeldía sin causa nada
bien le hacen. Está desperdiciando un talento inmenso (no inagotable), está
cambiando por antipatía el cariño que los aficionados podrían expresarle en
virtud de su buen juego. Él hoy es el modelo de un estereotipo de golfista que
se enquistó en nuestros campos por obra y gracia de la complacencia de sus
padres, por el silencio de los profesionales de golf (los que forman a nuestros
jóvenes), por la ineptitud de los jueces en los torneos y, sobre todo, por el
mal ejemplo que surge desde la cúpula de la Fedegolf.
Desde que
era un prejuvenil y representaba al país en torneos internacionales, Toté se
convirtió en la piedra en el zapato. Lo criticaron, lo castigaron, lo
marginaron, pero se olvidaron de lo más importante: de educarlo. Él siempre
respondió con altanería a la altanería y, lo peor, puso el dedo en la llaga:
los mismos que lo criticaban y lo sancionaban tenían rabo de paja. Porque algunos
de aquellos que hoy desde la dirigencia de la Fedegolf se creen impolutos,
intachables, tienen no antecedentes, sino prontuario por sus actitudes
antideportivas dentro del campo de golf. Gritar groserías, azotar palos,
incomodar al compañero de juego y hacer trampa (contar poquitas) son algunas de
los pecados que el propio Arizabeleta les cantó en su cara. Y, por supuesto, no
encontraron mejor estrategia que esa de ‘hagámonos pasito’ (tapen, tapen, la
máxima de la pirámide FHD).
Franky es la otra cara de la moneda: casi todos lo quieren. |
Una
golfista que hoy compite en el LPGA Tour, por ejemplo, fue vetada en torneos
realizados en Argentina por sus groserías en el campo de juego. ¿Y qué hizo la
Fedegolf? Nombrarla para el siguiente torneo. Y muchas de las dizque
investigaciones adelantadas por el Tribunal Disciplinario se quedaron en burdas
mentiras simplemente porque los papás de los involucrados, conocedores de rabo
de paja de los directivos, alzaron la voz y amenazaron con demandas. Y, claro, todo
quedó en impunidad. Como dicen por ahí, es como si el gato pone al ratón a que
cuide el queso. Por eso, estamos como estamos. Por eso, cientos de golfistas
decidieron dejar de participar en los torneos oficiales, hartos de tanto gamín
consentido y avalado por la Fedegolf.
No hace
muchos años, desde la Fedegolf se alzaba el dedo acusador apuntando hacia los
golfistas profesionales surgidos de la escuela de la vida, los cadis que se
transformaron en jugadores. Que eran maleducados, que no tenían modales, que no
sabían comportarse en ciertos círculos sociales. Miraban para otro lado, veían
la paja en el ojo ajeno e ignoraban la viga en el propio. Hoy, la mayoría de
esos jugadores groseros y maleducados son hijos de socios de clubes, jovencitos
que se graduaron como bachilleres de los considerados mejores colegios del país
y muchos de ellos también con un paso por las aulas de universidades de Estados
Unidos. Desde el punto de vista teórico, están muy bien educados, pero su
comportamiento en el campo de juego desmiente de tajo esa afirmación. Son los
cuervos que padres de familia, instructores y Fedegolf criaron durante años, un
karma que hoy se les devolvió como un búmeran, el mismo que no saben cómo
controlar. Toté Arizabaleta es uno más de una larga lista, no el único. Él está
a tiempo de reflexionar y cambiar, para que la próxima vez que esté a las
puertas de una victoria todos aquellos que son testigos del desenlace se
sientan felices, y no incómodos, con su presencia. Para eso, en todo caso, es
menester el buen ejemplo de los mayores, de los profesores, de los directivos. El
problema es que muchos de ellos se comportan como estos jovencitos, como
gamines.
Hasta
la próxima…
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