miércoles, 30 de octubre de 2013

Cría cuervos y se volverán tu karma

El mal ejemplo,caldo de cultivo de los golfistas maleducados en los campos del país.


Durante años, muchos años, todos voltearon a mirar hacia otro lado. Como si nada de lo que ocurría fuera con ellos, como si estuvieran de acuerdo con aquellas poses maleducadas. Con su silencio cómplice, unos y otros avalaron actitudes que hoy, curiosamente, vienen a ser juzgadas, penalizadas, criticadas. Es el producto del mal ejemplo, tanto en la casa como en el campo de juego, y el karma que hoy deben vivir los jugadores de bien que participan en los torneos que se realizan en el país. Algo así como un ‘cría cuervos y se te volverán gamines’…

En medio de la fiesta, cuando solo restaba conocer el nombre del ganador para ponerle broche de oro a la jornada, al borde del green del hoyo 18 del campo Fundadores del Country Club de Bogotá había malestar. Óscar David Álvarez, Sergio Franky y Álvaro José Arizabaleta habían empatado en el primer lugar, con sendas anotaciones de 66 golpes (-6), y debía cumplirse un desempate para determinar las posiciones y, en especial, el bono mayor: el derecho a disputar no solo el Pacific Colombia Championship presentado por Claro, sino también el Claro Panamá Championship, los dos primeros torneos de la programación del Web.com Tour en la temporada 2014.

Pocos, casi nadie, querían que la victoria le correspondiera al vallecaucano, un golfista de inmenso talento, pero también de actitudes muy reprochables dentro del campo de juego (lo que haga fuera de él es su problema). Toté, como se le conoce, siempre ha sido un contestatario, un rebelde sin causa, uno de esos jóvenes a los que les gusta romper las reglas, desafiar, provocar por el simple hecho de ver qué pasa. Comenzó desde muy pequeño y pronto descubrió que, además de su buen juego, esa era otra estrategia para sentirse ‘célebre’, y la adoptó como línea de conducta. En su círculo más íntimo siempre le acolitaron todo, mientras que el entorno golfístico se declaró incapaz de hacer algo.

Arizabaleta tiene mucho talento, pero despierta grandes antipatías.
Hoy, cuando es un profesional (porque juega torneos por plata, nada más), se ha ganado la animadversión de sus propios colegas, hartos de tantos desplantes, de tanta grosería, de tanto malestar que provoca su compañía, y de un amplio sector de la afición. Por eso, las energías positivas en ese soleado atardecer en el Country Club estaban enfocadas en que Álvarez o Franky se llevaron los honores del Claro Q-School. Al final, todos respiraron tranquilos cuando el bogotano embocó un corto putt para par y selló la victoria, en el segundo hoyo de desempate. Lo triste fue que el comentario entre los aficionados no era la buena gesta de Franky, un jugador hecho a pulso, a punta de esfuerzo personal y de su familia, sino la tranquilidad que había significado el hecho que Arizabaleta no fuera el ganador.

¿Por qué dar nombres propios? Porque durante años, muchos años, el anonimato ha sido el caldo de cultivo de esta molesta especie de golfistas groseros y maleducados. Arizabaleta, que también puede ser un joven muy decente y agradable cuando se lo propone, no es el único. Hay más, muchos más, y varios de ellos también transitaron el campo Fundadores este domingo, sin pena ni gloria. Los nombres propios sirven para evitar las generalizaciones, que son igual de molestas que esas actitudes antideportivas y suelen ser muy injustas. Además, en un país como Colombia, que es el reino de la impunidad, lo único que, a veces, sirve para frenar estos males es el escarnio público. En especial, en un medio como el del golf, en el que el qué dirán es la máxima de vida de muchos.

Ojalá Toté, que cuenta 22 años y un futuro promisorio si corrige el camino, entienda que las malas compañías, que la vida licenciosa, que la rebeldía sin causa nada bien le hacen. Está desperdiciando un talento inmenso (no inagotable), está cambiando por antipatía el cariño que los aficionados podrían expresarle en virtud de su buen juego. Él hoy es el modelo de un estereotipo de golfista que se enquistó en nuestros campos por obra y gracia de la complacencia de sus padres, por el silencio de los profesionales de golf (los que forman a nuestros jóvenes), por la ineptitud de los jueces en los torneos y, sobre todo, por el mal ejemplo que surge desde la cúpula de la Fedegolf.

Desde que era un prejuvenil y representaba al país en torneos internacionales, Toté se convirtió en la piedra en el zapato. Lo criticaron, lo castigaron, lo marginaron, pero se olvidaron de lo más importante: de educarlo. Él siempre respondió con altanería a la altanería y, lo peor, puso el dedo en la llaga: los mismos que lo criticaban y lo sancionaban tenían rabo de paja. Porque algunos de aquellos que hoy desde la dirigencia de la Fedegolf se creen impolutos, intachables, tienen no antecedentes, sino prontuario por sus actitudes antideportivas dentro del campo de golf. Gritar groserías, azotar palos, incomodar al compañero de juego y hacer trampa (contar poquitas) son algunas de los pecados que el propio Arizabeleta les cantó en su cara. Y, por supuesto, no encontraron mejor estrategia que esa de ‘hagámonos pasito’ (tapen, tapen, la máxima de la pirámide FHD).

Franky es la otra cara de la moneda: casi todos lo quieren.
El reglamento de golf es exageradamente detallado, y eso lo sabe cualquier persona que haya entrado a un campo. Igual, las reglas de etiqueta, que no son más que una versión golfística del olvidado Manual de Urbanidad de Carreño. Hay penalizaciones por todo, por trampa y por descuido, por desconocimiento y por mala interpretación. La clave está en aplicar las normas, sin dilación, sin favoritismos, sin temor, y eso es justamente lo que no puede hacer la Fedegolf. De manera tácita (haciéndose los de la vista gorda), sus directivos se han declarado inhabilitados para impartir justicia, para aplicar las normas, conscientes de su rabo de paja. Con decir que durante muchos años la estrella de Tribunal Disciplinario, el órgano que sanciona a los jugadores infractores, fue alguien reconocido como el rey de las actitudes antideportivas en el campo.

Una golfista que hoy compite en el LPGA Tour, por ejemplo, fue vetada en torneos realizados en Argentina por sus groserías en el campo de juego. ¿Y qué hizo la Fedegolf? Nombrarla para el siguiente torneo. Y muchas de las dizque investigaciones adelantadas por el Tribunal Disciplinario se quedaron en burdas mentiras simplemente porque los papás de los involucrados, conocedores de rabo de paja de los directivos, alzaron la voz y amenazaron con demandas. Y, claro, todo quedó en impunidad. Como dicen por ahí, es como si el gato pone al ratón a que cuide el queso. Por eso, estamos como estamos. Por eso, cientos de golfistas decidieron dejar de participar en los torneos oficiales, hartos de tanto gamín consentido y avalado por la Fedegolf.

No hace muchos años, desde la Fedegolf se alzaba el dedo acusador apuntando hacia los golfistas profesionales surgidos de la escuela de la vida, los cadis que se transformaron en jugadores. Que eran maleducados, que no tenían modales, que no sabían comportarse en ciertos círculos sociales. Miraban para otro lado, veían la paja en el ojo ajeno e ignoraban la viga en el propio. Hoy, la mayoría de esos jugadores groseros y maleducados son hijos de socios de clubes, jovencitos que se graduaron como bachilleres de los considerados mejores colegios del país y muchos de ellos también con un paso por las aulas de universidades de Estados Unidos. Desde el punto de vista teórico, están muy bien educados, pero su comportamiento en el campo de juego desmiente de tajo esa afirmación. Son los cuervos que padres de familia, instructores y Fedegolf criaron durante años, un karma que hoy se les devolvió como un búmeran, el mismo que no saben cómo controlar. Toté Arizabaleta es uno más de una larga lista, no el único. Él está a tiempo de reflexionar y cambiar, para que la próxima vez que esté a las puertas de una victoria todos aquellos que son testigos del desenlace se sientan felices, y no incómodos, con su presencia. Para eso, en todo caso, es menester el buen ejemplo de los mayores, de los profesores, de los directivos. El problema es que muchos de ellos se comportan como estos jovencitos, como gamines.

Hasta la  próxima…

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