lunes, 16 de septiembre de 2013

La alianza de los hipócritas se derrumbó


Enterrado se encuentra el golf profesional en Colombia.

 La sorpresa no es este final anunciado; la sorpresa se dio a comienzos del año cuando la Federación Colombiana de Golf, el agua, y la PGA Colombia, el aceite, anunciaron connivencia. Algunos podría decir que se trató de un de un matrimonio por conveniencia, pero la verdad es que fue una treta deshonesta que le falló a la entidad rectora: el verdadero objetivo era propiciar el escenario para obligar la liquidación de la que, en el ámbito del golf profesional, siempre ha sido la piedra en su zapato.

La semana pasada, la Fedegolf informó lo que todos ya sabíamos: que esa supuesta alianza había terminado. “Incumplimiento” de los términos del contrato, se dijo. Había que ser demasiado estúpido, o muy malintencionado (y en la cúpula de la Fedegolf cumplen con ambas condiciones), para pensar que la PGA podría cumplir con la tarea propuesta: garantizar 30 millones de pesos por cada una de las paradas del mal llamado Tour Profesional, que más bien debería llamarse Medalla Profesional. Pero, claro, había que orquestar el ambiente ideal para darle la estocada al que ha sido uno de los enemigos íntimos a lo largo de la historia.

Cuando en su momento se anunció con bombos y platillos la famosa alianza, la sorpresa fue mayúscula. Por ley, estas dos entidades son prácticamente antagonistas, así sobre el papel debieran cumplir con un objetivo común: trabajar por el desarrollo del golf profesional en el país, en sus diferentes manifestaciones y categorías. En la realidad, sin embargo, en lo único que han coincidido es en hacerle daño al gremio, en estancarlo, en ahondar las diferencias, en frustrar su crecimiento y desarrollo. Desde que estas dos entidades existen, sin importar quién esté al frente de cada una de ellas, han sido el agua y el aceite. A duras penas se soportan, pero con la hipocresía que caracteriza a unos y otros no han cesado, ni un solo día, de hacerse la guerra por debajo de la mesa.

A punto de irse al hoyo está el gremio de los profesionales.
Es como cuando uno va por la calle con la novia o esposa y se encuentra con el que fue el amor de su vida (de ella) en la juventud. Son esos temas que están vedados en una relación, porque el hecho de mencionar el nombre del personaje puede dar al traste con el romance. Sin embargo, ella insiste en presentarlos, en que se conozcan, en que sean amigos. “¿Por qué no vas un día a la casa y almuerzas con nosotros?”, le dice al ex. “¿No te parece increíble, amor?”, le dice a uno, ignorando olímpicamente la molestia que se dibuja en el rostro de cada uno. ¿Sentarme en la mesa de mi casa con el ex de mi señora a charlar de sus aventuras de juventud y a propiciar que las cenizas vuelvan a convertirse en brasas? Hay que estar loco para decir sí, salvo que la intención expresa sea la de generar el ambiente ideal para un rompimiento.

Eso fue, precisamente, lo que ocurrió con la famosa alianza Fedegolf/PGA Colombia. Además, decir PGA Colombia es un término demasiado amplio, porque en realidad los que acolitaron este maridaje fueron unos pocos que hoy están en la cúpula de la entidad, pero que igual que sucede en el caso de la Fedegolf, no representan el sentir del gremio, de los afiliados. A través de la historia, unos y otros se culparon de los problemas que aquejan a los jugadores profesionales, ambos levantaron el dedo acusador contra su oponente y no faltaron, así mismo, las mutuas acusaciones de deshonestidad, de irregularidades. Lo cierto en que los dos, Fedegolf y PGA Colombia, tienen la razón: cada uno a su manera ha intentado, por todos los medios, acabar con el golf profesional en el país.

Y vaya que casi consiguen el objetivo. Nunca antes, como hoy, el golf profesional había estado tan estancado, tan postrado, tan arrodillado, tan humillado. La Medalla Profesional que se montó para este año no es más que una farsa, una cortina de humo: ninguno de los diez torneos previstos representa una novedad en el calendario habitual. En otras palabras, esos torneos, todos, de igual manera se iban a realizar, con o sin concurso de la Fedegolf, con o sin presencia de la PGA Colombia. ¿Por qué? Porque son torneos de los clubes, que ya estaban incluidos en el calendario y que, tal como es su característica, la Fedegolf aprovechó con oportunismo para subirse al bus y poder cumplir con su objetivo de meterles la mano al bolsillo a los jugadores profesionales.

Nunca, sin importar la época o las cabezas visibles, la PGA Colombia pudo cumplir con el objetivo para el cual fue creado: propender por el bienestar de los golfistas profesionales. Sí, ocasionalmente los afiliados recibieron algún beneficio, pero fue algo tan efímero como un merengue en las torpes manos de un bebé. Expide carnés que, literalmente, carecen de validez en el país: no sirven para nada. Intenta organizar torneos, pero esas citas no pasan de ser ‘pollas’ en las que los jugadores ponen la plata y luego se la reparten. Y, lo peor, insiste en ese maridaje con la Fedegolf, que es contrario a su esencia. Hace un tiempo, en esta vitrina se dijo que la PGA Colombia era un cáncer que debía ser extirpado, algo que incomodó a algunos en el seno de la entidad, pero hoy más que nunca los hechos nos dan la razón (vea El estado de postración del golf colombiano o Ahora, el golf profesional se juega en ‘carrusel’).

El maridaje de los hipócritas resultó otro fracaso más.
En el comunicado de la Fedegolf se indica que “en asocio con los clubes participantes (la entidad) continúa con todo el proyecto del Tour Profesional Colombiano asumiendo todas las responsabilidades económicas y logísticas del mismo”. Vaya que se requieren pocas palabras para decir grandes mentiras: como se publicó en GOLF EN CONTRAVÍA, la plata de las bolsas de los torneos sale de tres fuentes: las arcas de los clubes, la PGA Colombia y el bolsillo de los jugadores (la supuesta participación de la Fedegolf). Y a lo largo de las paradas realizadas hasta ahora quedó claro que la logística la asumieron, en su totalidad, los clubes. La Fedegolf se limita a enviar un funcionario de segundo nivel para que entregue el trofeo y se tome la foto con la que después se va a engañar a los incautos.

El grave problema de la PGA Colombia, a través de su historia, han sido las peleas internas. Los jóvenes vs. los viejos; los instructores vs. los jugadores; los que fueron cadis vs. los hijos de socios de clubes, en fin. Nunca se pusieron de acuerdo, nunca dejaron de atacarse, nunca fueron capaces de trabajar conjuntamente. Ese ambiente no solo ha redundado en el permanente estancamiento de la entidad, y del gremio, sino especialmente en que se le brindan en bandeja de plata a la Fedegolf las condiciones para que, como lo ha hecho sin sonrojarse, los pisotee, los agreda, los humille. De cuando en cuando les tira unas migajas para darles contentillo, pero nunca cesa en su intención por acabar con su enemigo íntimo.

Da tristeza que hoy, cuando el golf profesional tiene representantes como Camilo Villegas, Camilo Benedetti, Marisa Baena, Eduardo Herrera, Mariajo Uribe o Paola Moreno, entre otros, que tanto han hecho por el golf profesional y lo siguen haciendo de manera desinteresada así ya no jueguen, el gremio esté más postrado que nunca. Con las rodilleras bien puestas, la PGA Colombia se le regaló a la Fedegolf y esta no desaprovechó la oportunidad para asestarle un nuevo golpe. ¿El definitivo? Eso está por verse. Lo cierto es que aquí no hay ganador, pues cada paso que se da es un retroceso (no en vano, la mascota de la directiva de la Fedegolf es el cangrejo). A ambos les salió el tiro por la culata, pues ninguno logró el objetivo propuesto. El maridaje de los hipócritas solo consiguió hacerle más daño al golf colombiano, ahondar en sus diferencias, echarle sal a la herida. En ese sentido, este episodio representa una pírrica victoria para la Fedegolf, cuya premisa fundamental es divide y reinarás. Y nunca antes el golf profesional había estado tan dividido como ahora.

Hasta la próxima…

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