miércoles, 10 de julio de 2013

Vijay Singh, ¿víctima de matoneo?


Vijay Singh continúa con su temeraria demanda contra el PGA Tour.

La pelea va para largo. Eso está claro. Y por lo menos uno de los involucrados, en este caso el fiyiano Vijay Singh, está dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias, pase lo que pase. En los últimos días, el enfrentamiento entre el veterano jugador asiático y el PGA Tour avanzó por caminos inesperados, pues Singh comenzó a destapar las cartas de la que será su defensa en la corte de Nueva York, si es que esta decide aceptar la temeraria demanda interpuesta por el golfista.

Como se sabe, a comienzos del año, en una entrevista concedida a Sports Illustrated, confesó haber empleado un aerosol que contenía la hormona IGF-1, que figura en la lista de sustancias prohibidas por la Agencia Mundial Antidopaje (AMA). A partir de entonces, el jugador quedó en la picota pública y el PGA Tour elevó una consulta a la AMA para saber si en efecto se había violado el régimen antidopaje para, en consecuencia, aplicar las sanciones previstas. La entidad, sin embargo, se lavó las manos al informar que el famoso aerosol no estaba incluido en su lista, aunque nada dijo de la famosa hormona, en la que estaba la clave del episodio.

Luego de que la AMA emitiera su concepto y, en teoría, lo exonerara de cualquier culpa, Singh contraatacó de la manera más inesperada: en la antesala del The Players Championship, anunció una demanda contra el PGA Tour por una cifra estimada en 70 millones de dólares (más de lo que ha ganado a lo largo de su trayectoria profesional), por supuestos daños y perjuicios causados en su contra. Según el jugador, el circuito lo trató de una manera injusta y le provocó un daño irreparable a su imagen. La jugarreta del asiático generó estupor entre sus colegas, de cuyo fondo de retiro saldría el dinero para pagarle en caso de que algún día llegara a ganar en los tribunales.

Tim Finchem, comisionado del PGA Tour.
Luego de varias semanas en silencio, hace pocos días se conoció cuál será el siguiente paso de Singh en este tortuoso camino: dejará a un lado el tema del antidopaje y se concentrará en uno de matoneo. El argumento de los abogados defensores del jugador es que los habitantes de Ponte Vedra Beach (Florida), donde reside el asiático, lo han convertido en objeto de burlas y críticas constantes desde que se inició la polémica. Culpan al PGA Tour por haberlo suspendido de manera temporal mientras se resolvía la consulta a la AMA y, por eso, llegaron hasta los tribunales con una reclamación de grandes proporciones. Obviamente, esta jugada fue interpretada en el ámbito del circuito como un nuevo ‘shank’.

Lo cierto es que cada paso que da en su intención por lavar su nombre consigue el efecto contrario, es decir, concitar mayor animadversión y antipatía tanto entre sus colegas como entre los aficionados, que no se han guardado sus críticas en los torneos en los que Singh estuvo presente en los últimos meses. A los jugadores del PGA Tour les parece traído de los cabellos que, después de que fue el propio Singh el que reconoció el uso de la sustancia prohibida, ahora venga a ponerse en el plan de víctima y, para colmo, enfile sus baterías contra un dinero reservado con un fin específico: es el fondo pensional destinado a socorrer a los golfistas que enfrenten problemas económicos una vez se retiren de la actividad profesional. En otras palabras, sienten que Singh les está metiendo la mano en el bolsillo de manera abusiva.

Por otro lado, los abogados de Singh tienen una tarea harto complicada para comprobar no solo las conductas que tipifican como matoneo, sino también para certificar que estas en efecto se dieron en contra de su defendido. El problema es que Singh no es un ciudadano común y corriente, un simple vecino que es rechazado por quienes viven alrededor. Singh, antes que nada, es un golfista y todos sabemos que en este deporte hay códigos de comportamiento distintos o adicionales a los que se tienen en cuenta en la sociedad. En otras palabras, lo que en el mundo real puede ser aceptado o normal, en el mundo del golf puede constituir una conducta impropia.

Lo que en la vida real pude ser un delito menor o apenas un desliz que haga sonrojar al infractor, en el golf puede constituir una causal de descalificación o de sanción: alterar la tarjeta de ‘scores’ de manera consciente y premeditada, quebrantar las normas de etiqueta (vociferando groserías o azotando palos en el campo, por ejemplo) o hacer uso de sustancias prohibidas a sabiendas de que no va a ser sometido a un control antidopaje. Son situaciones que se dan día tras día en los campos del mundo y que, lo peor, son conocidos por todos sin que alguien tome las medidas necesarias.

El grave problema que existe en el golf es que casi siempre se termina en un callejón sin salida: es la palabra del acusador contra la del acusado. Entonces, por lo general el infractor se sale con la suya, porque no hay pruebas contundentes, irrefutables, que lo condenen. Así, entonces, se ha generado una cultura de trampa que cada día le causa más daño a una actividad cuyo gran tesoro es la honestidad de sus practicantes. Por eso, no es raro que como ha ocurrido en Colombia los jugadores ajenos a este tipo de prácticas hayan decidido apartarse de los torneos oficiales, hartos de que las autoridades sean incapaces de tomar medidas eficaces o, peor aún, sean cómplices descarados cuando los involucrados son personas allegadas a sus círculos de poder.

Los jugadores del PGA Tour no dan crédito a la molesta situación.
El problema para Singh es que fue él mismo el que se metió en este espiral, con las declaraciones que concedió a un medio de comunicación de circulación nacional. Las reacciones del público en los torneos o de sus vecinos en Ponte Vedra Beach, entonces, son absoluta responsabilidad suya, al reconocer que empleó una sustancia prohibida. Lo que ocurre es que, tal y como se contó en una entrega previa de GOLF EN CONTRAVÍA, Singh es un tramposo con prontuario, una persona incapaz de reconocer sus errores y, para colmo, un demandante temerario que no se mosquea poniendo en riesgo los ahorros del fondo de pensiones de sus colegas.

Son dos los caminos que puede seguir Singh: continuar tercamente con su insólita reclamación, y asumir en su integridad las consecuencias de ello (incluidas las burlas y críticas de los aficionados en los torneos y en su vecindario), o reflexionar y dar marcha atrás. Nada más despreciable que un tramposo que persiste en su error, y más en el golf que en la vida misma. Por lo pronto, habrá que esperar la decisión de la corte de Nueva York en el sentido de si acepta o no la demanda del asiático o si, como las autoridades del PGA Tour esperan, la desecha y el asunto se archiva. Eso sí, que quede claro, eso no lavará la maltrecha imagen de Singh y, más bien, será el caldo de cultivo para que los aficionados le manifiesten al infractor toda su antipatía. Eso es justamente lo que se merece.

Hasta la próxima…

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