viernes, 28 de junio de 2013

Olazábal, o una especie en vías de extinción


Un muy joven José María Olazábal al lado del legendario Severiano Ballesteros.


Aquello de que las malas noticias llegan rápido, de la misma manera que las buenas nuevas pasan inadvertidas se dio hace unos días. Fue con ocasión de la elección del golfista español José María Olazábal como ganador del premio Príncipe de Asturias de los Deportes 2013. El popular Chema sucede en el palmarés a sus compatriotas Xavi Hernández e Íker Casillas, futbolistas de los clubes Barcelona y Real Madrid, respectivamente, además de la selección absoluta ibérica, y se convierte apenas en el segundo golfista que recibe el galardón, luego de que el fallecido Severiano Ballesteros fuera el escogido en 1989.

Como en ocasiones recientes, llama la atención el escaso despliegue de los medios de comunicación especializados, más allá, por supuesto, de los españoles. En unas horas aciagas que vive el golf, por cuenta de los ‘shanks’ verbales de algunos de sus figuras representativas (como el español Sergio García) o del inesperado curso que ha tomado el cuestionado caso de dopaje del fiyiano Vijay Singh (que demandó al PGA Tour por supuestos daños y perjuicios a su imagen), le buena nueva de Olazábal parecía servir como un bálsamo que, al menos temporalmente, calmara los dolores. Sin embargo, quedó demostrado una vez más que la difusión, sobre todo en nuestro idioma, sigue siendo uno de los grandes talones de Aquiles del golf en su intención de atrapar la atención de nuevos practicantes.

Olazábal se impuso en la votación final a la nadadora paralímpica Teresa Perales por nueve votos a ocho. A la última ronda habían llegado también el piragüista David Cal, el triatleta Javier Gómez Noya y la regata Oxford-Cambridge. En el acta emitida por el jurado se atribuye la concesión del premio a Olazábal por ser “uno de los mejores golfistas de la historia, con dos Masters de Augusta y cuatro victorias en la Ryder Cup, competición en la que también demostró su capacidad de liderazgo al conducir como capitán al equipo europeo a una remontada épica en 2012”. Además, se le valora como “digno sucesor del espíritu del mítico Severiano Ballesteros” y se tomó en cuenta que Olazábal “ha demostrado a lo largo de su larga y brillante carrera una capacidad de superación encomiable, un talante competitivo y unas cualidades humanas admiradas por todos”.

En la Copa Ryder Olazábal alcanzó el Olimpo de los campeones.
En pocas palabras, según los responsables de entregar el premio, que es patrocinado por el príncipe Felipe, heredero a la corona española, Olazábal fue escogido por ser un modelo digno de imitar. Y eso, para el golf actual, no es poco. Como casi todo en la vida moderna, este deporte ha sufrido grandes transformaciones que no siempre han derivado en resultados positivos. Lo más grave es que los campos de juego están llenos de tramposos (que como en el caso de Colombia llegan también hasta las altas esferas directivas que terminan tomando las decisiones por toda la comunidad golfística) y, peor aún, a las nuevas generaciones cada vez menos se les inculcan los valores que, dicen, hacen grande y diferente al golf respecto de otras disciplinas deportivas.

Hoy por hoy, lo que vale es ganar o ganar, a cualquier precio, bajo la premisa de que el fin justifica los medios. Entonces, hay quienes optan por pagarles a los cadis de sus hijos para que estorben a sus competidores (como sucede en nuestro país reiteradamente bajo la mirada cómplice de los directivos, incapaces de adoptar correctivos), los que celebran que los menores ganen trofeos pasando por encima de las más elementales normas de etiqueta, los que patrocinan y celebran las actitudes antideportivas en el campo de juego (como azotar palos, gritar groserías, incomodar al compañero, tratar mal al cadi) si esas ‘estrategias’ redundan en un nuevo triunfo. Y ni hablar de las terribles presiones que algunos padres ejercen sobre sus pequeños hijos, a los que tratan como si fueran deportistas profesionales y les exigen que cumplan con sus sueños (los de ellos, los padres, no los propios de los hijos) para poder sacar pecho, sentirse orgullosos y tener argumentos para presumir ante sus amistades

Todo ese conjunto de anomalías, cada vez más frecuentes, ha provocado que los aficionados se alejen de los campos en los torneos oficiales y se resguarden en sus grupos particulares y los torneos de un solo día, en los que sí reciben buena atención y, especialmente, un trato respetuoso. Aquellos valores de los amigos para toda la vida, de la competencia leal, de la decencia, de la rectitud de las personas al punto de que no se necesita un árbitro porque el propio deportista es capaz de juzgar sus errores son cada vez más un recuerdo lejano. Claro, con el ejemplo que reciben los chicos, tanto por parte de sus padres como de los directivos de las entidades que rigen el deporte y de los organizadores de los torneos, no podría ser de otra manera.

Su amistad con Ballesteros lo marcó para bein.
La candidatura de José María Olazábal fue propuesta por Gonzaga Escauriaza Barreiro, presidente de la Real Federación Española de Golf, y apoyada, entre otros por los presidentes de las federaciones de golf de Hungría, Italia, Inglaterra, Francia, Holanda, Noruega, Estados Unidos, Portugal, Luxemburgo, Suiza, República Checa, Dinamarca, Escocia, Ucrania y Austria, la Federación Internacional de Golf y más de 2.000 firmas. Hijo Predilecto de Hondarribia, recibió la Medalla de Oro al Mérito Deportivo en 1997 y en 2009 fue elegido miembro del prestigioso Hall de la Fama del Golf, que aglutina a un elenco de jugadores considerados los mejores en la historia.

El de Deportes es uno de los ocho premios que convoca anualmente la Fundación Príncipe de Asturias junto con los galardones de las Artes, Ciencias Sociales, Comunicación y Humanidades, Investigación Científica y Técnica, Letras y Cooperación Internacional. Miguel Cardenal, secretario de Estado para el Deporte en España, dijo que Olazábal es “un deportista ejemplar y además una de las personas que con su imagen más y mejor difunde la de nuestro país, es un gran embajador del deporte español. Su trayectoria es conocida y admirada por todos y Olazábal ha demostrado durante su carrera una capacidad de superación admirable, a prueba de todo tipo de dificultades, incluidas las lesiones”, agregó.

El presidente de la Real Federación Española de Golf, responsable de la postulación del Chema, consideró que “José María Olazábal representa los valores del golf, el trabajo, el esfuerzo, la constancia, la humildad o el respeto a las reglas y su galardón como Premio Príncipe de Asturias de los Deportes constituye un gran honor para nuestro deporte”. Es un golfista de los de antes, de los que fueron formados sobre los valores del deporte para convertirse en mejor persona; de los que decidieron dedicar su vida no a coleccionar trofeos o riquezas, sino a enaltecer el deporte que les permitió surgir y tener una vida lejos de las penurias y las limitaciones materiales. Es, en fin, de esa clase de golfistas que hoy representan una especie en vías de extinción.

Olazábal fue dos veces campeón del Masters de Augusta.
Una de las muestras fehacientes del estado de descomposición en que se encuentra nuestra sociedad es, precisamente, que los medios de comunicación y los propios ciudadanos han invertido los valores: importa más, se difunde más la consumada fechoría del pillo que la buena obra del que sirve en silencio. Es más célebre el ladrón, el deshonesto, especialmente cuando tiene apellido conocido u ostenta un cargo importante, que aquel que cumple sus sueños sin recurrir a las trampas, que el que con su comportamiento dignifica la actividad a la que le dedica su vida. Después, entonces, se rasgan las vestiduras, salen con ridículos discursos patrioteros y hasta lanzan campañas que están viciadas de oficio, porque las encabezan quienes encarnan todo aquello que le hace daño al deporte. Enhorabuena por José María Olazábal y todos los que como él han engrandecido y engrandecen el golf en su más pura y cada vez más escasa manifestación: la de la honestidad.

Hasta la próxima…

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