viernes, 24 de mayo de 2013

Vijay Singh: el tramposo nunca deja de serlo


Con su cara de yo no fui, Vijay Singh transita un camino para el golf y el PGA Tour.

Comencemos por el final: el que ha sido, nunca deja de ser. Lo más bonito del golf es que en el campo de juego todos somos iguales, sin excepción. Allí no importan los apellidos, ni el club del que se provenga, ni el grosor de la billetera; tampoco hay jefe y subalterno, y la soberbia y la pedantería se castigan con dureza. Es una ley que, lástima, no se aplica de igual manera en la vida común y corriente, en la realidad, y esa es quizás una de las razones por las cuales el golf es un deporte tan particular, tan especial, tan apasionante: suele ser más justo que la vida misma.

Por eso, resulta tan llamativo el caso del golfista fiyiano Vijay Singh, que por muchos años fue capaz de huirle a su prontuario de tramposo, pero que a la vuelta del camino volvió a quedar en evidencia. Es uno de esos episodios que nos permite comprobar que el tramposo, el mentiroso, padecen el mismo problema del adicto a las drogas o al alcohol: son enfermos incurables. No se ha inventado una medicina que cure estos males que, en casos excepcionales, en los que hay gran mérito personal y del entorno y una inmensa dosis de sacrificio y de fuerza de voluntad, es posible controlar los impulsos.

El que ha tenido la oportunidad de asistir a una sesión de Alcohólicos Anónima (así haya sido nada más como requisito para recuperar la licencia de conducción) seguramente experimentó una sensación extraña en la intervención inicial del conductor: aquella en la que explica por qué el alcoholismo es una enfermedad incurable, y cuáles son las implicaciones en la vida del enfermo. Es una realidad aterradora, porque significa una lucha por el resto de sus días, sin descanso, sin cuartel y, lo peor, con la amenaza latente de tropezar de nuevo con la misma piedra y caer más bajo en ese profundo y oscuro abismo.

Vijay Singh le puso un lunar a la fiesta del The Players.
“En 1985, un joven de 22 años llamado Vijay Singh jugaba el Abierto de Indonesia. Luego de terminar la segunda ronda, Singh recibió su tarjeta de manos de uno de sus compañeros de juego y, sin que nadie lo viera, borró uno de los números para anotar dos golpes menos en un hoyo. Eso lo hacía pasar el corte, pero alguien se dio cuenta y lo denunció. Singh dijo que había sido un malentendido, pero las autoridades lo suspendieron de por vida. Lamentablemente, alguien se apiadó y la sentencia fue reducida a solo un año. Singh volvía a jugar al golf como profesional”. Este párrafo pertenece a un escrito reciente del conocido Paco Alemán, el comentarista de ESPN, que da cuenta de un hecho desconocido por muchos, o mejor dicho conocido por casi nadie.

Como ha ocurrido muchas veces en el golf colombiano, especialmente desde que la cúpula se llenó de ignorantes en busca de figuración mediática, apareció algún tarado que creyó que se le hacía daño al golf si se sancionaba al tramposo y que, por eso, era mejor perdonarlo. ¡Craso error! Por estos lares, teniendo todos los elementos necesarios para aplicar duras y ejemplares sanciones (las tarjetas adulteradas, el testimonio de los partners o de los cadis), se aplicó la reversa. Papi o mami, en el caso de los muchachitos, o el propio tramposo, levantaron la voz y amenazaron con una demanda. Y, claro, como los directivos tienen el rabo de paja doraron la píldora, buscaron un culpable sustituto y le dejaron el camino libre al infractor (en ocasiones, con disculpas incluidas).

Para escapar de ese pasado turbio, Singh emigró a Europa, en cuyo circuito recolectó 13 victorias incluidas las de tres ‘Majors’ (Masters de Augusta de 2000 y PGA Championship 1998 y 2004), además de un torneo de los World Golf Championships (WGC-Bridgestone Invitational de 2008). Y a comienzos de los años 90 dio el gran salto, por encima del Atlántico, para ingresar al PGA Tour. En el circuito estadounidense, luego de 511 torneos disputados hasta la fecha, se apuntó 34 victorias y superó 443 cortes, para acumular 67,4 millones de dólares en premios. Además, su reconocida disciplina para practicar durante largas horas en el driving range o en el putting green, inclusive después las rondas competitivas, le granjeó el respeto de sus pares y llegó a ser número uno del mundo desbancando a un Tiger Woods en actividad (el morocho recuperó la condición y la volvió a perder, pero sin actuar debido a los problemas personales que le costaron su matrimonio).

Un respeto que ganárselo le significó años de esfuerzo, de sacrificio, de acciones positivas, de rondas de juego, pero que él mismo dilapidó en segundos. El endeble castillo de naipes comenzó a derrumbarse en enero pasado, cuando el propio jugador confesó en una entrevista a la prestigiosa revista Sports Illustrated que había utilizado un aerosol que contenía una sustancia prohibida. El PGA Tour, de acuerdo con las normas establecidas, actuó contra el jugador (le retuvo provisionalmente sus ganancias), mientras se estudiaba el caso. Luego, a finales de abril, lo archivó porque la Agencia Mundial Antidopaje (AMA, o WADA por sus siglas en inglés) determinó que el aerosol no estaba restringido (aunque nunca se desmintió el eventual dopaje).

El fondo de retiro de los jugadores está en riesgo por la jugarreta de Singh.
Lo increíble, sin embargo, sucedió en la víspera del The Players Championship, celebrado hace tres semanas en Ponte Vedra Beach, allí mismo donde están instalados los cuarteles del PGA Tour. Singh anunció, a través de su representante, que entabló una multimillonaria demanda contra el circuito por considerar que se le trató de manera injusta y se le causó un casi irreparable daño a su imagen. Mejor dicho, de ladrón a bufón, o para ser estrictos en el lenguaje, de tramposo a chistoso. Aunque nadie ha dado a conocer la cifra de la reclamación, se rumora que pude ascender a 77 millones de dólares, es decir, poco más de lo que se ganó en el campo de juego.

Esa sucia jugarreta de Singh provocó airadas reacciones por parte no solo de las autoridades del PGA Tour, sino de los propios jugadores profesionales del circuito, de cuyo fondo de retiro saldría el dinero para pagarle al fiyiano en caso de que este obtenga un nuevo triunfo, pero en los tribunales. Singh escogió el escenario perfecto para destapar sus cartas, pues es sabido que el The Players Championship es el torneo que más periodistas, dirigentes y patrocinadores de todo el mundo reúne cada año. Y, claro, a ninguno le gustó que tratara de sacar provecho de una acción reprochable que él mismo reveló y que, además, le pusiera un negro lunar a la fiesta más importante de cada temporada.

¿Qué puede ocurrir? Es harto difícil que la causa de Singh llegue a buen puerto, pues está peleando contra un gigante, porque es muy complicado comprobar el tal daño a su imagen, porque él mismo reconoció el uso de la cuestionada sustancia y, en especial, porque tiene un rabo de paja que le permitiría postularse para la junta directiva de la Fedegolf con lujo de detalles y méritos. A lo que se expone no es solo a perder la demanda, sino a que se destapen otras perlas de su prontuario (que con seguridad las hay) como la que nos compartió Paco Alemán, sino algunas otras de los que no tengamos registro. Ya perdió el respeto de sus colegas, que no solo le reprochan su maquiavélica actitud, sino que ven amenazados unos fondos que son de todos, aportados por todos, para beneficio de todos, no para que algún avivato trate de sacar provecho.

En algún punto del camino, Vijay Singh perdió el rumbo y decidió traspasar esa delgada e invisible línea que divide a los tramposos de los honestos. Después, por obra y gracia de la negligencia que caracteriza a tantos que ostentan poder, tuvo la oportunidad de redimirse como aquel alcohólico que algún día llegó a AA y se incorporó al programa de recuperación. Pero reincidió, recayó y ahora está otra vez metido en ese peligroso espiral que, seguramente, lo llevará de nuevo al fondo, un lugar del que quizás nunca debió salir. Volvamos al punto de arranque: el que ha sido, nunca deja de ser.

Hasta la próxima…

No hay comentarios:

Publicar un comentario