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Con su cara de yo no fui, Vijay Singh transita un camino para el golf y el PGA Tour. |
Comencemos
por el final: el que ha sido, nunca deja de ser. Lo más bonito del golf es que
en el campo de juego todos somos iguales, sin excepción. Allí no importan los
apellidos, ni el club del que se provenga, ni el grosor de la billetera;
tampoco hay jefe y subalterno, y la soberbia y la pedantería se castigan con
dureza. Es una ley que, lástima, no se aplica de igual manera en la vida común
y corriente, en la realidad, y esa es quizás una de las razones por las cuales
el golf es un deporte tan particular, tan especial, tan apasionante: suele ser
más justo que la vida misma.
Por eso,
resulta tan llamativo el caso del golfista fiyiano Vijay Singh, que por muchos
años fue capaz de huirle a su prontuario de tramposo, pero que a la vuelta del
camino volvió a quedar en evidencia. Es uno de esos episodios que nos permite
comprobar que el tramposo, el mentiroso, padecen el mismo problema del adicto a
las drogas o al alcohol: son enfermos incurables. No se ha inventado una
medicina que cure estos males que, en casos excepcionales, en los que hay gran
mérito personal y del entorno y una inmensa dosis de sacrificio y de fuerza de
voluntad, es posible controlar los impulsos.
El que ha
tenido la oportunidad de asistir a una sesión de Alcohólicos Anónima (así haya
sido nada más como requisito para recuperar la licencia de conducción)
seguramente experimentó una sensación extraña en la intervención inicial del
conductor: aquella en la que explica por qué el alcoholismo es una enfermedad
incurable, y cuáles son las implicaciones en la vida del enfermo. Es una
realidad aterradora, porque significa una lucha por el resto de sus días, sin
descanso, sin cuartel y, lo peor, con la amenaza latente de tropezar de nuevo
con la misma piedra y caer más bajo en ese profundo y oscuro abismo.
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Vijay Singh le puso un lunar a la fiesta del The Players. |
“En 1985, un joven de 22 años llamado Vijay
Singh jugaba el Abierto de Indonesia. Luego de terminar la segunda ronda, Singh
recibió su tarjeta de manos de uno de sus compañeros de juego y, sin que nadie
lo viera, borró uno de los números para anotar dos golpes menos en un hoyo. Eso
lo hacía pasar el corte, pero alguien se dio cuenta y lo denunció. Singh dijo
que había sido un malentendido, pero las autoridades lo suspendieron de por
vida. Lamentablemente, alguien se apiadó y la sentencia fue reducida a solo un
año. Singh volvía a jugar al golf como profesional”. Este párrafo pertenece a un escrito
reciente del conocido Paco Alemán, el comentarista de ESPN, que da cuenta de un hecho desconocido por muchos, o mejor
dicho conocido por casi nadie.
Como ha
ocurrido muchas veces en el golf colombiano, especialmente desde que la cúpula
se llenó de ignorantes en busca de figuración mediática, apareció algún tarado
que creyó que se le hacía daño al golf si se sancionaba al tramposo y que, por
eso, era mejor perdonarlo. ¡Craso error! Por estos lares, teniendo todos los
elementos necesarios para aplicar duras y ejemplares sanciones (las tarjetas
adulteradas, el testimonio de los partners
o de los cadis), se aplicó la reversa. Papi o mami, en el caso de los
muchachitos, o el propio tramposo, levantaron la voz y amenazaron con una
demanda. Y, claro, como los directivos tienen el rabo de paja doraron la
píldora, buscaron un culpable sustituto y le dejaron el camino libre al
infractor (en ocasiones, con disculpas incluidas).
Para
escapar de ese pasado turbio, Singh emigró a Europa, en cuyo circuito recolectó
13 victorias incluidas las de tres ‘Majors’ (Masters de Augusta de 2000 y PGA
Championship 1998 y 2004), además de un torneo de los World Golf Championships
(WGC-Bridgestone Invitational de 2008). Y a comienzos de los años 90 dio el
gran salto, por encima del Atlántico, para ingresar al PGA Tour. En el circuito
estadounidense, luego de 511 torneos disputados hasta la fecha, se apuntó 34
victorias y superó 443 cortes, para acumular 67,4 millones de dólares en
premios. Además, su reconocida disciplina para practicar durante largas horas
en el driving range o en el putting green, inclusive después las
rondas competitivas, le granjeó el respeto de sus pares y llegó a ser número
uno del mundo desbancando a un Tiger Woods en actividad (el morocho recuperó la
condición y la volvió a perder, pero sin actuar debido a los problemas
personales que le costaron su matrimonio).
Un respeto
que ganárselo le significó años de esfuerzo, de sacrificio, de acciones
positivas, de rondas de juego, pero que él mismo dilapidó en segundos. El
endeble castillo de naipes comenzó a derrumbarse en enero pasado, cuando el
propio jugador confesó en una entrevista a la prestigiosa revista Sports Illustrated que había utilizado
un aerosol que contenía una sustancia prohibida. El PGA Tour, de acuerdo con
las normas establecidas, actuó contra el jugador (le retuvo provisionalmente
sus ganancias), mientras se estudiaba el caso. Luego, a finales de abril, lo
archivó porque la Agencia Mundial Antidopaje (AMA, o WADA por sus siglas en
inglés) determinó que el aerosol no estaba restringido (aunque nunca se
desmintió el eventual dopaje).
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El fondo de retiro de los jugadores está en riesgo por la jugarreta de Singh. |
Lo
increíble, sin embargo, sucedió en la víspera del The Players Championship,
celebrado hace tres semanas en Ponte Vedra Beach, allí mismo donde están
instalados los cuarteles del PGA Tour. Singh anunció, a través de su
representante, que entabló una multimillonaria demanda contra el circuito por
considerar que se le trató de manera injusta y se le causó un casi irreparable
daño a su imagen. Mejor dicho, de ladrón a bufón, o para ser estrictos en el
lenguaje, de tramposo a chistoso. Aunque nadie ha dado a conocer la cifra de la
reclamación, se rumora que pude ascender a 77 millones de dólares, es decir,
poco más de lo que se ganó en el campo de juego.
Esa sucia
jugarreta de Singh provocó airadas reacciones por parte no solo de las
autoridades del PGA Tour, sino de los propios jugadores profesionales del
circuito, de cuyo fondo de retiro saldría el dinero para pagarle al fiyiano en
caso de que este obtenga un nuevo triunfo, pero en los tribunales. Singh
escogió el escenario perfecto para destapar sus cartas, pues es sabido que el
The Players Championship es el torneo que más periodistas, dirigentes y patrocinadores
de todo el mundo reúne cada año. Y, claro, a ninguno le gustó que tratara de
sacar provecho de una acción reprochable que él mismo reveló y que, además, le
pusiera un negro lunar a la fiesta más importante de cada temporada.
¿Qué puede
ocurrir? Es harto difícil que la causa de Singh llegue a buen puerto, pues está
peleando contra un gigante, porque es muy complicado comprobar el tal daño a su
imagen, porque él mismo reconoció el uso de la cuestionada sustancia y, en
especial, porque tiene un rabo de paja que le permitiría postularse para la
junta directiva de la Fedegolf con lujo de detalles y méritos. A lo que se
expone no es solo a perder la demanda, sino a que se destapen otras perlas de
su prontuario (que con seguridad las hay) como la que nos compartió Paco
Alemán, sino algunas otras de los que no tengamos registro. Ya perdió el
respeto de sus colegas, que no solo le reprochan su maquiavélica actitud, sino
que ven amenazados unos fondos que son de todos, aportados por todos, para
beneficio de todos, no para que algún avivato trate de sacar provecho.
En algún
punto del camino, Vijay Singh perdió el rumbo y decidió traspasar esa delgada e
invisible línea que divide a los tramposos de los honestos. Después, por obra y
gracia de la negligencia que caracteriza a tantos que ostentan poder, tuvo la
oportunidad de redimirse como aquel alcohólico que algún día llegó a AA y se
incorporó al programa de recuperación. Pero reincidió, recayó y ahora está otra
vez metido en ese peligroso espiral que, seguramente, lo llevará de nuevo al
fondo, un lugar del que quizás nunca debió salir. Volvamos al punto de
arranque: el que ha sido, nunca deja de ser.
Hasta la
próxima…
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