domingo, 10 de marzo de 2013

La gira latinoamericana arranca con saldo en rojo


El Club de Golf México acogerá el Abierto de México esta semana.

Aquella vieja máxima de las abuelas de “primero cae un mentiroso que un cojo” cada día cobra más validez. Al menos, en lo relacionado con las nefastas actuaciones de la patética junta directiva de la Federación Colombiana de Golf, que de acuerdo con el hándicap de sus integrantes se la pasa pegando ‘shanks’. Esta semana, cuando se pone en marcha la segunda temporada del muy mal llamado PGA Tour Latinoamérica, el reconocido refrito del extinto Tour de las Américas (TLA), empieza a cocinarse una más de sus mentiras, otra de sus penosas farsas.

El año pasado, a los directivos de la Fedegolf se les hacía agua la boca diciendo que iban a organizar un torneo del PGA Tour. Como si eso fuera una novedad para el país, después de que la empresa Sport Link, comandada por Germán Calle Ramírez, y el Country Club de Bogotá llevaban tres años soportando el montaje del Colombia Championship, este sí un torneo cobijado por el circuito estadounidense, este sí organizado con la profesional logística de los norteamericanos, este sí integrado por jugadores reconocidos de buen nivel, incluidos varios excampoens ‘Major’ y una gran cantidad de golfistas que pasaron por el círculo de los ganadores del PGA Tour.

En lo que constituyó el peor despojo al golf profesional en toda la historia del país, un fraude solo comparable con el ‘carrusel’ de la contratación en Bogotá o la pirámide DMG, la Fedegolf destinó dos de los torneos a los que los golfistas nacionales tenían derecho y se los regaló al denominado ‘nuevo circuito’. Así, a los golfistas que habían pagado el carné y legalmente habían adquirido unos derechos, entre esos el de participar sin trabas ni clasificaciones en el Abierto de Colombia y en el Máster Profesional, fueron marginados de un plumazo y los torneos que en el pasado fueron una fiesta nacional se convirtieron en un cocinado de rellenos y embuchados.

¿El resultado? Los soberbios directivos pudieron lucir orgullosos ese logo del PGA Tour Latinoamérica por el que le vendieron el alma al diablo y dieron un paso más en su batalla por acabar con el golf profesional en el país. La gran perdedora fue la afición, que tuvo que conformarse con torneos de muy discreto nivel técnico, con grupos de participantes producto de una mezcla de exfiguras en el otoño de su trayectoria y desconocidos sin el bagaje para pelear por una corona que, antaño, tuvo algún valor. Pero, claro, lo importante era hacerle contrapeso al torneo del PGA Tour, al que congrega grandes cantidades de aficionados, el que concita jugadores reconocidos, el que es organizado, el que reúne patrocinadores de verdad.

Andrés Echavarría, el mejor colombiano en 2012.
Pero, como que mal comienza mal termina, a los petardos que rigen los destinos del golf colombianos el embuchado les explotó en las manos. Hace pocos días, con ocasión de la asamblea ordinaria, reportaron pérdidas en la organización del Colombian Coffee Classic, antes llamado Máster Profesional. A pesar de haberse cumplido en una plaza golfística como Cali, en un club de tradición como el Campestre de Cali, al final las cuentas se descuadraron. Y no podía ser de otra manera, pues este torneo, estos torneos del PGA Tour Latinoamérica, no encaja en el tristemente célebre esquema montado por la pirámide FHD, ese cáncer que carcome nuestro deporte.

En Colombia, la Fedegolf dice que los torneos que organiza son exitosos porque “no se pierde plata”. Como a la entidad le cambiaron su razón de ser y pasó de ser una entidad promotora del deporte sin ánimo de lucro para convertirse en una muy mala empresita organizadora de torneos con ánimo de lucro para unos pocos, se diseñó una estrategia para arrojar ‘ganancias’. La idea es conocida: se estipula una bolsa de premios sobre la base de unas costosas inscripciones, que no son más que el cobro anticipado del ‘green-fee’, a las que se suman las cifras que se descuenta, por derecha, al club organizador (10 por ciento de la bolsa) y a los jugadores (10 por ciento de la bolsa). Así, A+B+C=D. Entonces, la plata que se reparte, literalmente, sale de los bolsillos de los propios jugadores y/o, en el mejor de los casos, de los de ellos y los clubes. La Fedegolf no pone un peso, pasa de agache y, para rematar, se lleva una tajada para continuar enriqueciendo su inútil burocracia.

Como en los torneos del PGA Tour Latinoamérica los jugadores no pagan inscripciones y no les pueden descontar a los jugadores ni al club organizador un porcentaje de la bolsa, la pirámide se derrumba. Porque, entonces, toca trabajar, toca conseguir patrocinadores que pongan billete (no cachuchas de segunda), toca gerenciar. Y de eso saben muy poco, casi nada, en la Fedegolf. Entonces, claro, el resultado no puede ser diferente al que se dio en el torneo celebrado en Cali a finales del año pasado: saldo en rojo. Tanto en lo deportivo como en lo administrativo. Otro episodio que ilustra la ineptitud de la cúpula de la Fedegolf, consagrada en la labor de meterles la mano al bolsillo a los golfistas, pero absurdamente incapaz para funcionar como una verdadera empresa.

La gran diferencia está clara: el PGA Tour, el de verdad, el que viene a Colombia para organizar el torneo que anualmente se realiza en el Country Club, está conformado por profesionales del oficio. No son médicos caducos, ni fracasados de otras profesiones ni jugadores de golf frustrados que terminaron de ‘empresarios’ improvisados, manejando los destinos del golf como si fuera la finca de la familia en la que solo se necesita saber ordeñar las vacas (en eso sí son expertos) o arriar al ganado. Por eso, el Colombia Championship es un éxito, con inversión superior al millón y medio de dólares para una semana, mientras los refritos preparados por la Fedegolf son pérdida total, en lo deportivo y en lo económico.

Estos fueron los cinco mejores jugadores del año pasado.
Esta semana, con la presencia de 14 jugadores colombianos, se pone en marcha la segunda temporada del PGA Tour Latinoamérica. Será con ocasión de la 55 edición del Abierto de México, en el Club de Golf en el Club de Golf México del Distrito Federal. Será la primera de 15 citas previstas a lo largo de la temporada, todas con bolsa de 150 mil dólares (25 mil dólares más que el año pasado). Una vez más, Colombia aparece en el calendario con las dos citas que le fueron hipotecadas a este refrito del TLA y desde ya se vislumbra un nuevo fracaso, tanto a nivel doméstico como del circuito en general.

A finales de 2001, el Tour de las Américas se inició con idénticas promesas, con iguales ilusiones, y todos sabemos en qué terminó. La promesa de nuevas figuras se convirtió en el relanzamiento de veteranos venidos a menos, el nivel de las bolsas resultó insuficiente en contrate con los gastos requeridos (algo que el PGA Tour Latinoamérica ya experimento a finales del año pasado) y, por eso, jamás fue posible captar la atención del público y los torneos terminaron jugándose casi en la clandestinidad, con patrocinadores de mitad de tabla para abajo y nula repercusión mediática. Todos estos males ya quedaron al descubierto en 2012 y nada hace pensar que se hayan aplicado los correctivos para este 2013.

Lo mejor que le podría ocurrir al golf regional es que ese muy mal llamado PGA Tour Latinoamérica no fuera otro fracaso. Para eso, sin embargo, se requeriría que en la organización de los torneos las federaciones domésticas nada tuvieran que ver, porque no están constituidas para eso y, sobre todo, porque en todas ellas los directivos son ‘machacos’ consumados dentro y fuera del campo de juego. Pero, el esquema sobre el que se construyó este castillo de naipes es distinto, las federaciones son los socios del grupo de trabajo de la gira (que es el  mismo de antes, heredado del extinto TLA) y, por eso, la enfermedad es la misma. Primero cae un mentiroso que un cojo y, por ahora, el circuito ofrece saldo en rojo en todas sus cuentas, las administrativas y deportivas.

Hasta la próxima…

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