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La sombra del dopaje es un enemigo que nadie puede subestimar. |
Es un tema
que en el golf se ha mirado de recelo, como si esta actividad fuera inmune. Sin
embargo, de cara a los Juegos Olímpicos de Brasil-2016, en los que volverá a
ser parte del programa de la fiesta de verano, es un requisito indispensable. Se
trata de los controles antidopaje, de los que recientemente habló el exnúmero
uno del mundo Tiger Woods, durante su visita a Kuala Lumpur (Malasia) para
disputar un torneo.
‘El Tigre’
descartó que el golf sea uno de los deportes que enfrenten problemas por el
consumo de sustancias prohibidas, pero abogó por implementar los test
sanguíneos lo más pronto posible. “En el golf hay un gran respeto por los
códigos morales”, afirmó Woods. “Este es un deporte en el que asumimos
nuestros fallos. Si la bola acaba entre los árboles, nos culpamos a nosotros
mismos. El golf es un deporte diferente”, argumentó. Una frase que hay que
analizar con pinzas y no tragar entero, porque tiene tanto de largo como de
ancho.
No sobra
recordar que el mismo Woods, en noviembre de 2009, se pronunció con dureza
luego de que se conoció la sanción de un año que el PGA Tour le impuso a Doug
Barron tras haber dado positivo en un control antidopaje. Aunque el asunto se
manejó con muy bajo perfil y el implicado ofreció disculpas públicas, quedaron
varios lunares volando en el ambiente: nunca se dijo qué sustancia se había
detectado, el circuito nunca divulgó cuántos controles o a qué deportistas se
realizaron test sanguíneos, no hay claridad sobre si otros circuitos, tanto los
cobijados por el propio PGA Tour o los de Europa, los realizan con frecuencia y
cuáles son sus resultados.
La opinión
de Woods ofrece una gran relevancia no solo por ser la figura mundial que todos
conocemos, un ícono del deporte, más allá del golf, sino porque se produjo
pocos días después de que la firma Nike, su principal patrocinador desde 2003,
le retiró el apoyo al estadounidense Lance Armstrong por el caso en el que se
le acusa de haber consumido y administrado a sus compañeros de equipo
sustancias prohibidas. Por ese escándalo, perdió los siete títulos que había ganado
en el Tour de Francia, la prueba más importante del mundo del pedal, y tiene en
vilo la medalla que se colgó en los Juegos Olímpicos.
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Tiger Woods, el día de la conferencia de prensa en Malasia. |
Nadie puede
afirmar con argumentos comprobables que en el golf haya jugadores que se dopen,
pues hasta ahora el único positivo conocido, tras tres años de implementación
de la reglamentación, es el de Barron. Pero, no hay que olvidar sucesos como el
del Abierto de Francia, que se jugó en Lyon en 2001, que pareció una comedia:
luego de que el Tour Europeo les envió a sus miembros una circular en la que
informaba que en ese país rige una política antidopaje propia, y por lo tanto
debían estar preparados para ser sometidos a controles en cualquier momento,
hubo 40 jugadores inscritos que se dieron de baja, uno de ellos el escocés
Colin Montgomerie, múltiple ganador de la Orden de Mérito en el Viejo
Continente.
El golf
siempre se ha preciado de ser un deporte distinto al resto porque se presume la
honestidad de todos los practicantes, al punto que no se necesitan árbitros que
impartan justicia, porque los propios deportistas se encargan de esa tarea. Eso,
en la teoría, suena muy bonito, pero la realidad se antoja diferente. En el
caso específico de Colombia, que todos conocemos de sobra, desde hace varios se
implementó una cruzada contra los ‘pistoleros’, que si bien nada tienen que ver
con el consumo de sustancias prohibidas sí son otra suerte de tramposos.
Lo que en
un comienzo tuvo fuerza pronto se convirtió en una tibia, hipócrita y
esporádica campaña, precisamente porque los directivos de los clubes, que
también son golfistas y en ocasiones padres de los implicados, se quejaron. Hoy,
por eso, la iniciativa es un remedo, al punto que la Federación Colombiana de
Golf ni siquiera ha podido conseguir el respaldo de los clubes, sus afiliados,
para hacer un efectivo control de la entrega de tarjetas. Los registros de
reporte, según la propia entidad, tienen tendencia a la baja, lo que significa
que el mal está muy lejos de corregirse.
Y son
numerosos no solo de ‘pistoleros’ (estos abundan como maleza), sino de
jugadores de todas las condiciones y edades que actuaron en contra de las
reglas del golf, de la decencia, de la honestidad. Hubo, inclusive, un joven
involucrado en un caso penoso en un torneo internacional celebrado en
Barranquilla. A los golfistas no les gusta que les digan que son tramposos,
pero esa es una especie que, lamentablemente, pulula en los campos. Es, básicamente,
un problema de educación (a padres y profesores solo les interesa que el niño
tenga un ‘swing’ elegante) y, ya en el caso de los profesionales, de presión.
Hay que
recordar, por ejemplo, cómo comenzó esta epidemia del dopaje en el ciclismo,
por allá a mediados de la década de los 80. Como en el golf (en el que siempre
hubo tramposos), en el ciclismo siempre hubo dopaje. Pero, llegó a límites
insospechados y sin control desde que unos pequeños y morenitos ciclistas,
llamados ‘escarabajos’, arribaron a las cumbres del Viejo Continente para
arrebatarles la gloria a los europeos. Para contener a Lucho Herrera,
Patrocinio Jiménez, Alfonso Flórez, Fabio Parra y compañía, sus rivales no
encontraron mejor opción que las ayudas químicas.
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El ciclista estadounidense Lance Armstrong, un caso polémico. |
Y, por
cuenta de las multimillonarias inversiones económicas, la permanencia en el más
alto nivel se hizo cada vez más complicado, más competido. Entonces, algunos
decidieron tomar el atajo de las sustancias prohibidas y se abrió este negro
capítulo que, con el caso de Armstrong, tuvo su episodio más sonado. Y lo peor
es que todavía no se sabe si se tocó fondo, a pesar de que esa disciplina sí
aplica controles frecuentes (algo que en golf no es claro), de que las
sanciones son duras, de que hay una enorme resistencia por parte de medios de
comunicación y aficionados.
Hoy, en el
golf es cada vez más difícil mantenerse en el primer nivel. Miremos, por
ejemplo, lo que ocurre actualmente Camilo Villegas, un joven muy talentoso que
supo saborear las mieles de la gloria del triunfo, pero que hoy vive sus horas
más amargas como profesional. Y como él, hay una gran cantidad de jugadores de
renombre sometidos a situaciones incómodas, algo que no está acorde con sus
brillantes trayectorias. Y aunque Tiger sostenga que “entre los golfistas hay
gran respeto por los códigos morales”, él mismo abre la puerta a medidas más
efectivas: “sin duda, sería un paso positivo en la dirección correcta
para intentar dar mayor validez a nuestro deporte”.
“La mujer del César no solo debe ser pura, sino también
parecerlo” es una frase acuñada en el siglo I A.C. que, pese al paso del
tiempo, no pierde vigencia. Démosle la razón a Woods, creamos en la honestidad
de todos aquellos que salen a un campo de golf, confiemos en que se acabe la
presión de los padres y profesores para que los jovencitos ganen un trofeo a
cualquier costo… Pero, no cabe duda de que, tal y como lo pide el ex número uno
del mundo, al golf le hace falta la implementación de controles sanguíneos
frecuentes, inclusive sorpresivos, en todos los niveles. Solo así este deporte
podrá mirar al resto de disciplinas libre de sospecha y, en especial, podrá
evitar algún escándalo mayúsculo que termine llevándolo a ese espiral
destructivo del que el ciclismo no ha podido librarse.
Hasta la próxima…
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