jueves, 8 de noviembre de 2012

El golf debe estar limpio, no solo parecerlo


La sombra del dopaje es un enemigo que nadie puede subestimar.

Es un tema que en el golf se ha mirado de recelo, como si esta actividad fuera inmune. Sin embargo, de cara a los Juegos Olímpicos de Brasil-2016, en los que volverá a ser parte del programa de la fiesta de verano, es un requisito indispensable. Se trata de los controles antidopaje, de los que recientemente habló el exnúmero uno del mundo Tiger Woods, durante su visita a Kuala Lumpur (Malasia) para disputar un torneo.

‘El Tigre’ descartó que el golf sea uno de los deportes que enfrenten problemas por el consumo de sustancias prohibidas, pero abogó por implementar los test sanguíneos lo más pronto posible. “En el golf hay un gran respeto por los códigos morales”, afirmó Woods. “Este es un deporte en el que asumimos nuestros fallos. Si la bola acaba entre los árboles, nos culpamos a nosotros mismos. El golf es un deporte diferente”, argumentó. Una frase que hay que analizar con pinzas y no tragar entero, porque tiene tanto de largo como de ancho.

No sobra recordar que el mismo Woods, en noviembre de 2009, se pronunció con dureza luego de que se conoció la sanción de un año que el PGA Tour le impuso a Doug Barron tras haber dado positivo en un control antidopaje. Aunque el asunto se manejó con muy bajo perfil y el implicado ofreció disculpas públicas, quedaron varios lunares volando en el ambiente: nunca se dijo qué sustancia se había detectado, el circuito nunca divulgó cuántos controles o a qué deportistas se realizaron test sanguíneos, no hay claridad sobre si otros circuitos, tanto los cobijados por el propio PGA Tour o los de Europa, los realizan con frecuencia y cuáles son sus resultados.

La opinión de Woods ofrece una gran relevancia no solo por ser la figura mundial que todos conocemos, un ícono del deporte, más allá del golf, sino porque se produjo pocos días después de que la firma Nike, su principal patrocinador desde 2003, le retiró el apoyo al estadounidense Lance Armstrong por el caso en el que se le acusa de haber consumido y administrado a sus compañeros de equipo sustancias prohibidas. Por ese escándalo, perdió los siete títulos que había ganado en el Tour de Francia, la prueba más importante del mundo del pedal, y tiene en vilo la medalla que se colgó en los Juegos Olímpicos.

Tiger Woods, el día de la conferencia de prensa en Malasia.
Nadie puede afirmar con argumentos comprobables que en el golf haya jugadores que se dopen, pues hasta ahora el único positivo conocido, tras tres años de implementación de la reglamentación, es el de Barron. Pero, no hay que olvidar sucesos como el del Abierto de Francia, que se jugó en Lyon en 2001, que pareció una comedia: luego de que el Tour Europeo les envió a sus miembros una circular en la que informaba que en ese país rige una política antidopaje propia, y por lo tanto debían estar preparados para ser sometidos a controles en cualquier momento, hubo 40 jugadores inscritos que se dieron de baja, uno de ellos el escocés Colin Montgomerie, múltiple ganador de la Orden de Mérito en el Viejo Continente.

El golf siempre se ha preciado de ser un deporte distinto al resto porque se presume la honestidad de todos los practicantes, al punto que no se necesitan árbitros que impartan justicia, porque los propios deportistas se encargan de esa tarea. Eso, en la teoría, suena muy bonito, pero la realidad se antoja diferente. En el caso específico de Colombia, que todos conocemos de sobra, desde hace varios se implementó una cruzada contra los ‘pistoleros’, que si bien nada tienen que ver con el consumo de sustancias prohibidas sí son otra suerte de tramposos.

Lo que en un comienzo tuvo fuerza pronto se convirtió en una tibia, hipócrita y esporádica campaña, precisamente porque los directivos de los clubes, que también son golfistas y en ocasiones padres de los implicados, se quejaron. Hoy, por eso, la iniciativa es un remedo, al punto que la Federación Colombiana de Golf ni siquiera ha podido conseguir el respaldo de los clubes, sus afiliados, para hacer un efectivo control de la entrega de tarjetas. Los registros de reporte, según la propia entidad, tienen tendencia a la baja, lo que significa que el mal está muy lejos de corregirse.

Y son numerosos no solo de ‘pistoleros’ (estos abundan como maleza), sino de jugadores de todas las condiciones y edades que actuaron en contra de las reglas del golf, de la decencia, de la honestidad. Hubo, inclusive, un joven involucrado en un caso penoso en un torneo internacional celebrado en Barranquilla. A los golfistas no les gusta que les digan que son tramposos, pero esa es una especie que, lamentablemente, pulula en los campos. Es, básicamente, un problema de educación (a padres y profesores solo les interesa que el niño tenga un ‘swing’ elegante) y, ya en el caso de los profesionales, de presión.

Hay que recordar, por ejemplo, cómo comenzó esta epidemia del dopaje en el ciclismo, por allá a mediados de la década de los 80. Como en el golf (en el que siempre hubo tramposos), en el ciclismo siempre hubo dopaje. Pero, llegó a límites insospechados y sin control desde que unos pequeños y morenitos ciclistas, llamados ‘escarabajos’, arribaron a las cumbres del Viejo Continente para arrebatarles la gloria a los europeos. Para contener a Lucho Herrera, Patrocinio Jiménez, Alfonso Flórez, Fabio Parra y compañía, sus rivales no encontraron mejor opción que las ayudas químicas.

El ciclista estadounidense Lance Armstrong, un caso polémico.
Y, por cuenta de las multimillonarias inversiones económicas, la permanencia en el más alto nivel se hizo cada vez más complicado, más competido. Entonces, algunos decidieron tomar el atajo de las sustancias prohibidas y se abrió este negro capítulo que, con el caso de Armstrong, tuvo su episodio más sonado. Y lo peor es que todavía no se sabe si se tocó fondo, a pesar de que esa disciplina sí aplica controles frecuentes (algo que en golf no es claro), de que las sanciones son duras, de que hay una enorme resistencia por parte de medios de comunicación y aficionados.

Hoy, en el golf es cada vez más difícil mantenerse en el primer nivel. Miremos, por ejemplo, lo que ocurre actualmente Camilo Villegas, un joven muy talentoso que supo saborear las mieles de la gloria del triunfo, pero que hoy vive sus horas más amargas como profesional. Y como él, hay una gran cantidad de jugadores de renombre sometidos a situaciones incómodas, algo que no está acorde con sus brillantes trayectorias. Y aunque Tiger sostenga que “entre los golfistas hay gran respeto por los códigos morales”, él mismo abre la puerta a medidas más efectivas: “sin duda, sería un paso positivo en la dirección correcta para intentar dar mayor validez a nuestro deporte”.

“La mujer del César no solo debe ser pura, sino también parecerlo” es una frase acuñada en el siglo I A.C. que, pese al paso del tiempo, no pierde vigencia. Démosle la razón a Woods, creamos en la honestidad de todos aquellos que salen a un campo de golf, confiemos en que se acabe la presión de los padres y profesores para que los jovencitos ganen un trofeo a cualquier costo… Pero, no cabe duda de que, tal y como lo pide el ex número uno del mundo, al golf le hace falta la implementación de controles sanguíneos frecuentes, inclusive sorpresivos, en todos los niveles. Solo así este deporte podrá mirar al resto de disciplinas libre de sospecha y, en especial, podrá evitar algún escándalo mayúsculo que termine llevándolo a ese espiral destructivo del que el ciclismo no ha podido librarse.

Hasta la próxima…

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