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Imagen tomada de www.federacioncolombianadegolf.com |
El Arturo Calle Golf Team es una buena noticia. Pero, ¿cuándo es que la Fedegolf va a sacar al golf profesional de estado de postración en que lo mantiene?
El lunes de la semana pasada, en una página completa en la sección Deportes, el diario El Tiempo nos sorprendió con un aviso en el que la empresa Arturo Calle daba cuenta de la conformación de su equipo de golfistas profesionales. Muy ‘cachacos’, el paisa David Vanegas, el caleño Álvaro José Arizabaleta y el bogotano Sergio Franky posan al lado de sus elegantes talegas como parte del Arturo Calle Golf Team. Sin duda, una buena mala noticia para el golf. No es un juego de palabras ni un error: es que la noticia encierra las dos caras de la moneda, la cara y la cruz.
Qué bueno que, como ya lo había hecho Pacific Rubiales con otro grupo de jugadores, entre los que se encuentran Manuel Villegas, Óscar David Álvarez y Édgar Gómez, la empresa privada se meta de lleno a apoyar a los jugadores nacionales. Esa es una demostración no solo de confianza en sus condiciones y posibilidades, sino también de evolución, de desarrollo de la actividad. Durante mucho tiempo, más allá de que haya crecido el número de practicantes o de escenarios (que es apenas un factor para medir la evolución), el golf colombiano estuvo estancado precisamente porque hacía falta el concurso de la empresa privada.
Con la llegada de grandes torneos internacionales, sancionados por circuitos tan prestigiosos como el Challenge Tour europeo y el Nationwide Tour estadounidense, se abrió un abanico de posibilidades que permitió ver más allá de Camilo Villegas, la gran estrella local. Con el antioqueño lejos de las posibilidades de algunos (bien por compromisos adquiridos, bien por sus elevados costos), el mercado nacional les ofreció a estas empresas otras atractivas opciones. Un privilegio del que, lamentablemente para ellos, no gozaron otras generaciones recientes, que debieron luchar en solitario. Ahora, ‘El Flaco’, ‘Toté’ y ‘Yeyo’ podrán dedicarse tranquilamente a trabajar en su juego, a la espera de retribuir este respaldo con buenas actuaciones y, ojalá, triunfos.
Hasta ahí, las buenas noticias. El mencionado aviso publicitario, sin embargo, contenía un síntoma de preocupación: el logo de la Fedegolf. Queda claro, una vez más, que como reza la historia, la Federación es fiel a su tradición de oportunista: ahora que los jugadores hicieron lo más difícil, que de los bolsillos de sus padres salió el dinero que les permitió llegar hasta donde están, que algunos de ellos en repetidas ocasiones tocaron la puerta de la entidad y solo recibieron migajas (cuando no una respuesta grosera), ahora sí aparece la Fedegolf para figurar. A la espera de los éxitos, para cobrar, para vanagloriarse, para sacar provecho del trabajo y la inversión de otros.
No es algo que deba extrañarnos, o que sea exclusivo del golf. La verdad es que en Colombia todas las federaciones deportivas actúan de esa manera: como buitres, andan al acecho de las mejores presas para quedarse con ellas. Debe quedar claro, así mismo, que no es un gesto de generosidad o de altruismo que la Fedegolf apoye a estos jugadores: es, sencillamente, su obligación. Así se lo impone la ley. En otras palabras, para eso, y solo para eso, está concebida: para apoyar a los jugadores. Lo malo es que, en el caso de los profesionales, actúa con una gran dosis de hipocresía y, en contra de las que deberían ser sus políticas, con capricho.
Es que basta mirar el calendario nacional para comprobar cómo, de manera irónica e inexplicable, justo cuando la actividad vive su mejor época, cuando se logró atraer la atención de medios de comunicación y empresa privada, cuando va en aumento en número de practicantes independientes, cuando se vivió una ‘explosión’ de aspirantes a seguir los pasos de Camilo Villegas, el golf profesional en Colombia, en lo que atañe a la Fedegolf, va como el cangrejo: de para atrás. Cada año, a pesar de que los directivos se precian de gestiones exitosas con multimillonarios ingresos nunca antes vistos, la cantidad de torneos profesionales es menor y, lo peor, algunos se hacen simplemente por cumplir: porque así lo estipula una reglamentación o, como dice un empleado nefasto, “para que después no digan que la Federación no los apoya”. Y que no le echen la culpa al invierno, porque golf se ha jugado sin interrupción durante estos dos años, a pesar de las dificultades conocidas por todos.
Con la torpeza y la miopía que ha caracterizado a las últimas administraciones, la Fedegolf ha perdido la histórica oportunidad de, en verdad, hacer grande el golf profesional en el país. Les cerró la puerta a grandes patrocinadores como Hyundai o Renault, que hace años tocaron las puertas y salieron con el rabo entre las piernas. Y, para colmo, en vez de promover un circuito profesional serio, con al menos una parada mensual para que los jugadores que no pueden acceder a los circuitos internacionales estén en actividad y se fogueen mientras disputan bolsas de montos decorosos, se embarcó en una pelea ególatra contra la empresa que organiza el Pacific Rubiales Championship del Nationwide Tour.
Lo que los directivos de la Fedegolf no han entendido, o no quieren entender, es que al golf profesional de nada le sirve un Abierto de Colombia con bolsa en dólares a la par de circuitos internacionales de mediano nivel (porque muy lejos están de alcanzar las ‘grandes ligas’ en las que creen que militan). Lo que se necesita, para que haya no un David Vanegas, un Álvaro Arizabaleta o un Sergio Franky, sino muchos de ellos, y ojalá no todos salidos de los clubes, sino también de la cantera silvestre de los potreros, que antaño nos regaló talentos como Jesús ‘Estrellita’ Amaya, Gustavo Mendoza o Angel Romero (para solo mencionar los más laureados), es una programación seria, organizada, consistente, permanente. Que hoy, está claro, no existe. Como tampoco hay un circuito para cadis o aspirantes, a pesar de que hay cientos de jovencitos sin recursos esperando una oportunidad.
Cumplido el primer tercio de la temporada, en Colombia solo se jugaron cuatro torneos para profesionales: la Escuela de Clasificación, que de manera insólita cobra inscripción de 300 mil pesos por jugador y no reparte premios, y el Campeonato Nacional de Profesionales, ambos organizados por la Fedegolf; y los abiertos de los clubes La Sabana y Campestre de Cali. Eso sí, los jugadores profesionales, incluidos los del Arturo Calle Golf Team, ya tuvieron que pagar sus carnés de afiliación a la entidad, so pena de las consabidas represalias.
Volvamos al principio: qué bueno que haya quienes se metan la mano al bolsillo para apoyar a los golfistas profesionales en el país. La empresa privada, que desde hace tiempo no encontraba incentivos para sus inversiones, ahora decidió meterse de nuevo en el juego. ¡Bienvenida! Bueno sería, eso sí, que la Fedegolf dejara de actuar con tanta hipocresía y, tal y como se lo impone la ley, empiece a apoyar, pero en serio, al golf profesional. Que esa importante rama no sea manejada por un empleado que ni siquiera tiene vínculo laboral con la entidad y que al menos una tajada de esos multimillonarios ingresos de los que se jactan en cada asamblea de clubes se destine a sacar al golf profesional del estado de postración en el que la entidad lo tiene desde hace años.
Hasta la próxima…
Que claridad para plantear las falencias del deporte profesional en Colombia. Buen articulo.Aplausos-
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