Como lo diría un 'partner', no fue más que la pelea entre un chofer de TransMilenio y otro de bus 'dietético', otra suerte de tragicomedia nacional.
Una
innecesaria tormenta en un vaso de agua fue la que se quiso armar con ocasión
de la asamblea de la Fedegolf, la semana pasada. El cambio de un párrafo en los
estatutos de la entidad fue el florero de Llorente en esta ocasión, simplemente
porque un particular sintió perjudicados sus intereses comerciales. A la
postre, sin embargo, todo quedó en lo que era: un berrinche que no logró su
cometido.
El señor
Alejandro Castañeda, exdirectivo y exempleado de la Fedegolf, que fue el que
puso en marcha varios de los proyectos de los que hoy se enorgullecen sus
directivos (como la página web, la revista y el esquema de comercialización),
acudió a sus amigos periodistas para tratar de evitar que el famoso articulito
se aprobara. Un vulgar ‘shank’ con todas las de la ley: si quería dar la pelea
y evitar el cambio en los estatutos, debía respetar las reglas del juego, es
decir, ir a la asamblea, exponer sus argumentos y someterse al designio de la
mayoría.
Sin
embargo, en este país ya estamos acostumbrados a que cada uno quiera imponer
sus propias reglas. Los medios de comunicación, por más amigos que se tenga
allí, no son el escenario adecuado para ventilar esta clase de polémicas, que
valga decirlo son del exclusivo resorte de la asamblea de clubes. Se generó,
entonces, un ruido innecesario que al final fue conjurado con votación unánime
a favor de la propuesta de la junta directiva, algo que puede interpretarse
como un castigo para aquel que ‘jugó bola equivocada’.
El artículo
de la discordia rezará así en la nueva versión de los estatutos de la Fedegolf:
Para que un club
deportivo o social pueda obtener afiliación a la Federación deberá presentar
solicitud escrita firmada por el representante legal y anexar:
a. Copia autenticada de la resolución de
reconocimiento deportivo expedido por el ente respectivo.
b. Relación de las instalaciones deportivas de que dispone (campo de golf), los cuales deben ser de propiedad exclusiva del club, su ubicación y características técnicas requeridas para la práctica del deporte del golf, con la constancia de visita y reconocimiento del campo de golf por parte de la comisión técnica de la Federación Colombiana de Golf.
b. Relación de las instalaciones deportivas de que dispone (campo de golf), los cuales deben ser de propiedad exclusiva del club, su ubicación y características técnicas requeridas para la práctica del deporte del golf, con la constancia de visita y reconocimiento del campo de golf por parte de la comisión técnica de la Federación Colombiana de Golf.
Parágrafo
segundo: los actuales
afiliados de la Federación Colombiana de Golf que no sean propietarios de los
predios donde esté ubicado su campo de golf conservarán inalterables sus
derechos como afiliados.
c. Copia autenticada del estatuto, sus reformas
y reglamentos vigentes, debidamente aprobados por la Asamblea y la autoridad
competente.
d. Constancia actualizada sobre la vigencia de personería jurídica y representación legal, expedida por la autoridad competente.
d. Constancia actualizada sobre la vigencia de personería jurídica y representación legal, expedida por la autoridad competente.
Todo el problema se originó porque Castañeda administra el hoy llamado
club Britalia, antes Rincón Grande. Dado que ese campo pertenece a otras
personas, él interpretó que la enmienda de los estatutos eran un ataque directo
contra su derecho a ejercer la libre empresa y, peor aún, a su intención de
contribuir a desarrollar el golf colombiano. Sin embargo, los argumentos que
esgrime son de poco peso. Según la Fedegolf, el cambio busca evitar que “al
golf lleguen dineros de dudosa procedencia”. Es aquí, entonces, donde hay que
mirar los toros desde la barrera para poder descubrir la hipocresía que hay de
lado y lado.
Es triste comprobar que la propia junta directiva de la Fedegolf admite
públicamente su papel de figura decorativa e inútil: ninguno de sus 13
miembros, incluido el presidente, ofreció una versión oficial. Esta estuvo a
cargo de un empleado, Felipe Harker, que desde hace más de 10 años tiene un
rifirrafe personal con Castañeda, lo que, por supuesto, le resta credibilidad
y, sobre todo, altura a la discusión. Y esa ‘versión oficial’ resulta tan
ingenua que no se la cree ni un bobito: ¿está hoy el golf completamente limpio
de ‘dineros calientes’? O sea, ¿puede la Fedegolf decir que el golf es la única
actividad del país que no fue permeada por el flagelo de los dineros mal
habidos, de cualquier procedencia, que están enquistados por doquier en nuestra
sociedad? ¿Ese cambio en los estatutos en verdad puede evitar la presencia de
esos recursos? El que se crea ese cuento puede postularse, con legítima opción,
para integrar la junta directiva de la Fedegolf.
Desde el ‘rough’ en el que anda enredado, Castañeda sustentó su queja
en que sus planes sufrían un duro tropiezo y que, además, se atentaba contra el
derecho de los ciudadanos a practicar el golf. ¿En serio? Ojalá en el país
existieran más clubes públicos para permitir que cualquier ciudadano del común
le pegue a la pelotica. Esa es, tal y como está comprobado en países más
desarrollados, la única estrategia para masificar el deporte. Y lo de menos es
si están o no reconocidos por la Fedegolf, pues eso para nada los afecta o
beneficia (a los jugadores).
De hecho, el club Universidad Manuela Beltrán, otrora Bogotá Golf Club,
es un claro ejemplo de las bondades del libre mercado. Antes estuvo en el seno
de la rectora y hoy ya no. Sin embargo, después de pegar uno que otro ‘shank’,
sus manejadores encontraron la forma de atraer a los golfistas, independientes
y federados: tienen un campo en muy buenas condiciones y ofrecen una muy buena
atención, con servicios diversos a precios razonables. Sin ser un club
federado, sin más promoción que el voz a voz de los propios jugadores, acredita
una ocupación de 80 golfistas entre semana y 140 en fin de semana (cada día).
Si estuviera afiliado a la Fedegolf, el único beneficio para los visitantes
sería el reporte de sus tarjetas para el hándicap, algo que, todos sabemos,
funciona muy lejos del ideal.
Castañeda, a través de la empresa General Sports Golf, administra un
campo de práctica público, con lujosas instalaciones, sin vínculo alguno con la
Fedegolf. Allí llegan golfistas, unos independientes y otros no, practican y
toman clases. Nadie los obliga, pero tampoco hay alguien que se los impida. Lo
mismo ocurre en el caso del club Britalia: no poder ser federado en nada debe
afectar su actividad. En su condición de escenario público, allí puede asistir
cualquiera y disfrutar de los servicios y beneficios que se le ofrecen. Algo
distinto es que esa propuesta no sea lo suficientemente atractiva para los
golfistas y, entonces, Castañeda quiera montar una cortina de humo para tratar
de ocultar el escaso éxito de su gestión empresarial.
Cuando Camilo Villegas llegó al PGA Tour, en 2006, se dijo que ese era
el gran espaldarazo para conseguir la masificación del golf en Colombia. Si
bien es cierto que se ha ganado terreno, que hay más clubes y, sobre todo, más
personas que practican la disciplina, en la base seguimos estancados. Y siempre
por el mismo motivo: los egos de los directivos (o, como ahora, de uno de sus
empleados) y los de los viudos del
poder. Afortunadamente para el golf, ellos no son más que una inmensa
minoría, mientras que en nuestros campos, a lo largo y ancho del país, cada día
son más y más los jugadores que, sin que alguien se los impida, le dan rienda
suelta a su pasión. Ellos son los que, de manera verdaderamente desinteresada, sin
juntas directivas ni empresas particulares, construyen un golf cada día más
grande.
P.D.: a partir de la
próxima entrega, el tema de las reflexiones se enfocará única y exclusivamente
en lo más valioso que tiene el golf colombiano: sus jugadores. Directivos,
empleados y viudos del poder no pasan el corte. Hasta la próxima…
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