jueves, 26 de abril de 2012

Una pelea callejera


Como lo diría un 'partner', no fue más que la pelea entre un chofer de TransMilenio y otro de bus 'dietético', otra suerte de tragicomedia nacional.


Una innecesaria tormenta en un vaso de agua fue la que se quiso armar con ocasión de la asamblea de la Fedegolf, la semana pasada. El cambio de un párrafo en los estatutos de la entidad fue el florero de Llorente en esta ocasión, simplemente porque un particular sintió perjudicados sus intereses comerciales. A la postre, sin embargo, todo quedó en lo que era: un berrinche que no logró su cometido.

El señor Alejandro Castañeda, exdirectivo y exempleado de la Fedegolf, que fue el que puso en marcha varios de los proyectos de los que hoy se enorgullecen sus directivos (como la página web, la revista y el esquema de comercialización), acudió a sus amigos periodistas para tratar de evitar que el famoso articulito se aprobara. Un vulgar ‘shank’ con todas las de la ley: si quería dar la pelea y evitar el cambio en los estatutos, debía respetar las reglas del juego, es decir, ir a la asamblea, exponer sus argumentos y someterse al designio de la mayoría.

Sin embargo, en este país ya estamos acostumbrados a que cada uno quiera imponer sus propias reglas. Los medios de comunicación, por más amigos que se tenga allí, no son el escenario adecuado para ventilar esta clase de polémicas, que valga decirlo son del exclusivo resorte de la asamblea de clubes. Se generó, entonces, un ruido innecesario que al final fue conjurado con votación unánime a favor de la propuesta de la junta directiva, algo que puede interpretarse como un castigo para aquel que ‘jugó bola equivocada’.

El artículo de la discordia rezará así en la nueva versión de los estatutos de la Fedegolf:

Para que un club deportivo o social pueda obtener afiliación a la Federación deberá presentar solicitud escrita firmada por el representante legal y anexar:
a. Copia autenticada de la resolución de reconocimiento deportivo expedido por el ente respectivo.
b. Relación de las instalaciones deportivas de que dispone (campo de golf), los cuales deben ser de propiedad exclusiva del club, su ubicación y características técnicas requeridas para la práctica del deporte del golf, con la constancia de visita y reconocimiento del campo de golf por parte de la comisión técnica de la Federación Colombiana de Golf.
Parágrafo segundo: los actuales afiliados de la Federación Colombiana de Golf que no sean propietarios de los predios donde esté ubicado su campo de golf conservarán inalterables sus derechos como afiliados.
c. Copia autenticada del estatuto, sus reformas y reglamentos vigentes, debidamente aprobados por la Asamblea y la autoridad competente.
d. Constancia actualizada sobre la vigencia de personería jurídica y representación legal, expedida por la autoridad competente.

Todo el problema se originó porque Castañeda administra el hoy llamado club Britalia, antes Rincón Grande. Dado que ese campo pertenece a otras personas, él interpretó que la enmienda de los estatutos eran un ataque directo contra su derecho a ejercer la libre empresa y, peor aún, a su intención de contribuir a desarrollar el golf colombiano. Sin embargo, los argumentos que esgrime son de poco peso. Según la Fedegolf, el cambio busca evitar que “al golf lleguen dineros de dudosa procedencia”. Es aquí, entonces, donde hay que mirar los toros desde la barrera para poder descubrir la hipocresía que hay de lado y lado.

Es triste comprobar que la propia junta directiva de la Fedegolf admite públicamente su papel de figura decorativa e inútil: ninguno de sus 13 miembros, incluido el presidente, ofreció una versión oficial. Esta estuvo a cargo de un empleado, Felipe Harker, que desde hace más de 10 años tiene un rifirrafe personal con Castañeda, lo que, por supuesto, le resta credibilidad y, sobre todo, altura a la discusión. Y esa ‘versión oficial’ resulta tan ingenua que no se la cree ni un bobito: ¿está hoy el golf completamente limpio de ‘dineros calientes’? O sea, ¿puede la Fedegolf decir que el golf es la única actividad del país que no fue permeada por el flagelo de los dineros mal habidos, de cualquier procedencia, que están enquistados por doquier en nuestra sociedad? ¿Ese cambio en los estatutos en verdad puede evitar la presencia de esos recursos? El que se crea ese cuento puede postularse, con legítima opción, para integrar la junta directiva de la Fedegolf.

Desde el ‘rough’ en el que anda enredado, Castañeda sustentó su queja en que sus planes sufrían un duro tropiezo y que, además, se atentaba contra el derecho de los ciudadanos a practicar el golf. ¿En serio? Ojalá en el país existieran más clubes públicos para permitir que cualquier ciudadano del común le pegue a la pelotica. Esa es, tal y como está comprobado en países más desarrollados, la única estrategia para masificar el deporte. Y lo de menos es si están o no reconocidos por la Fedegolf, pues eso para nada los afecta o beneficia (a los jugadores).

De hecho, el club Universidad Manuela Beltrán, otrora Bogotá Golf Club, es un claro ejemplo de las bondades del libre mercado. Antes estuvo en el seno de la rectora y hoy ya no. Sin embargo, después de pegar uno que otro ‘shank’, sus manejadores encontraron la forma de atraer a los golfistas, independientes y federados: tienen un campo en muy buenas condiciones y ofrecen una muy buena atención, con servicios diversos a precios razonables. Sin ser un club federado, sin más promoción que el voz a voz de los propios jugadores, acredita una ocupación de 80 golfistas entre semana y 140 en fin de semana (cada día). Si estuviera afiliado a la Fedegolf, el único beneficio para los visitantes sería el reporte de sus tarjetas para el hándicap, algo que, todos sabemos, funciona muy lejos del ideal.

Castañeda, a través de la empresa General Sports Golf, administra un campo de práctica público, con lujosas instalaciones, sin vínculo alguno con la Fedegolf. Allí llegan golfistas, unos independientes y otros no, practican y toman clases. Nadie los obliga, pero tampoco hay alguien que se los impida. Lo mismo ocurre en el caso del club Britalia: no poder ser federado en nada debe afectar su actividad. En su condición de escenario público, allí puede asistir cualquiera y disfrutar de los servicios y beneficios que se le ofrecen. Algo distinto es que esa propuesta no sea lo suficientemente atractiva para los golfistas y, entonces, Castañeda quiera montar una cortina de humo para tratar de ocultar el escaso éxito de su gestión empresarial.

Cuando Camilo Villegas llegó al PGA Tour, en 2006, se dijo que ese era el gran espaldarazo para conseguir la masificación del golf en Colombia. Si bien es cierto que se ha ganado terreno, que hay más clubes y, sobre todo, más personas que practican la disciplina, en la base seguimos estancados. Y siempre por el mismo motivo: los egos de los directivos (o, como ahora, de uno de sus empleados) y los de los viudos del  poder. Afortunadamente para el golf, ellos no son más que una inmensa minoría, mientras que en nuestros campos, a lo largo y ancho del país, cada día son más y más los jugadores que, sin que alguien se los impida, le dan rienda suelta a su pasión. Ellos son los que, de manera verdaderamente desinteresada, sin juntas directivas ni empresas particulares, construyen un golf cada día más grande.

P.D.: a partir de la próxima entrega, el tema de las reflexiones se enfocará única y exclusivamente en lo más valioso que tiene el golf colombiano: sus jugadores. Directivos, empleados y viudos del poder no pasan el corte. Hasta la próxima…

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