En lo que debería ser la norma, pero en los últimos 20 años
(como mínimo) fue una sorprendente excepción, la asamblea de clubes dio el primer paso en firme para extirpar el
cáncer que carcome al golf colombiano. En la reunión sostenida el martes 29
de enero, puso las bases para que la tan ansiada y necesaria renovación comience
de inmediato y, de paso, sentó varios precedentes.
La primera y más trascendental decisión, porque significa el
principio del fin de la más oscura y vergonzosa era del golf colombiano, es que
el nefasto empleado que llevó al deporte
a un estado de postración y lo convirtió la junta directiva en una guarida de
corruptos, se va. Orden tajante y terminante, sin derecho a pataleo: se va
por su deshonestidad, su grosería, su patanería.
La segunda, que marca un precedente, le ordenó a la junta directiva solucionar sus desavenencias antes del
próximo 26 de febrero o, de lo contrario, todos sus miembros serán destituidos
y se convocará una asamblea electiva, para el día 4 de marzo. A esas alturas,
el cáncer ya debe haber sido extirpado y una de las tareas de la junta (la que siga
o la que llegue) será tratar la metástasis.
La tercera, tardía e insólita, es que la junta directiva debe emitir un comunicado en el que ofrezca excusas
al Country Club y sus socios por las agresiones y ofensas recibidas de parte
del patán hoy casi exempleado. Tardía, porque debió producirse
inmediatamente se dieron los hechos; insólita, porque tuvo que mediar una orden
a la asamblea, en vez de que la junta actuara de oficio.
Por culpa de un indigno empleado, con proceder contrario al espíritu y los valores del golf y con
actuaciones que rayan en lo delictivo, se llegó a la peor vergüenza de los más
de 70 años de historia de la Federación Colombiana de Golf. Y se llegó a este
punto, entre otras razones, porque en las anteriores asambleas los delegados de
los clubes fueron convidados de piedra.
Tristemente, muchos de ellos hipotecaron su independencia a
cambio de dádivas y permitieron que la cúpula corrupta se atornillara a sus
puestos (cambiaban un títere por otro). Esta
vez, sin embargo, asumieron el rol que les corresponde, el de soberanos y absolutos
dueños del golf, y ejercieron su poder. ¡Qué bien!, aunque haya sido un
poco tarde. ¡Qué bien!, porque despertaron de su letargo.
Como debía ser, respaldó al presidente Camilo Sánchez Collins, al que le hizo un llamado de
atención para que demuestre que es capaz de liderar el barco en medio de esta
tormenta o, de lo contrario, dé un paso al costado. Sigo creyendo en Sánchez
como la persona indicada para llevar la nave a puerto seguro, en especial
después de que los clubes le dieron un justo y necesario espaldarazo.
Como debía ser, les
puso tatequieto a los abusos, las ínfulas de poder y los atropellos del nefasto
empleado, que como le corresponde saldrá de la entidad por la puerta de atrás
con el rabo entre las patas. Se nombró una comisión para llevar a cabo este
cometido y, como era de esperarse, el personajillo de marras mostró el cobre:
solo le interesa que le paguen hasta el último centavo.
En desarrollo de la asamblea, se consideraron varias
opciones: remoción inmediata de la junta, apartar a algunos miembros y la que
finalmente se acordó: la junta, como debió
ocurrir desde cuando se gestó la división, tiene que solucionar un problema que
le compete exclusivamente a ella, y no a la asamblea. Si es incapaz de
hacer su tarea, no queda más remedio que cambiarla.
Si a los que respaldaron
durante este tiempo al hoy casi exempleado les queda todavía un pelo de
decencia y un suspiro de dignidad, deberían renunciar. Sin embargo, siguen
aferrados a la silla: no se puede esperar eso de personas a las que les quedó
grande la responsabilidad de representar a los golfistas y, en cambio, resultaron
dóciles mascotas y serviles peones del patrón
del mal.
Sería muy interesante
que los clubes, que recuperaron el protagonismo en la asamblea, den un paso más
y les retire el aval a quienes cohonestaron este negro episodio de la historia
del golf. Esa medida enviaría un contundente mensaje (otro más) a quienes creen
que un lugar en la junta directiva o en la nómina de la Fedegolf los convierte
en copropietarios de la finca del capataz.
Lo importante, lo
reconfortante, lo que permite pensar en un futuro mejor, es que se comprobó que
los buenos somos más y que nadie puede pisotear nuestros derechos si nos
hacemos sentir, si alzamos la voz, si actuamos en conformidad con los valores y
principios que guían el golf. Lo que hizo la asamblea fue enviar un mensaje
contundente: ¡queremos un golf con decencia!
Enhorabuena. Un
reconocimiento para los delegados de los clubes en esta asamblea, que no
defraudaron, que entendieron su compromiso, que no fueron inferiores a su responsabilidad.
Lo que sigue, sin embargo, no será fácil: hay que terminar de extirpar el tumor
(ojalá lo entierren en el basurero Doña Juana, su hábitat) y se den a la tarea
de curar al golf de la metástasis de la nómina.
Como en el seno de la junta directiva, entre la nómina de colaboradores hay aleccionados y serviles
colaboradores que actúan con un fanatismo enfermizo en defensa de su caudillo.
Si no se los extirpa también, no tardará mucho el patrón del mal en reanudar sus fechorías a la distancia, en cuerpo
ajeno. Se requieren profesionales capacitados, mentes frescas y, sobre todo,
personas decentes.
Ojalá el desagravio al Country Club y sus socios (con José
María Rodríguez a la cabeza, porque fue el primero que ventiló las
irregularidades, hace muchos años), se dé con la misma firmeza y convicción con
que se le permitió al nefasto empleado ofender y agredir. Y debería extenderse también a personas como Eduardo Herrera, otra
víctima de maltrato por poner el dedo en la llaga.
No se puede cantar victoria, porque esta guerra no ha
terminado. Apenas se ganó una batalla,
una gran batalla, el Waterloo del golf colombiano. Lo más difícil comienza
ahora, pero lo bueno es que por lo menos hay una esperanza. El presidente
Camilo Sánchez Collins, que dio una contundente prueba de su carácter y de su
talante, tiene una ardua tarea: hacer que el golf vuelva a sonreír.
Ojalá tanto él como Carlos
Vila y Adolfo Böhmer, representantes de El Rincón de Cajicá y del Country Club,
que también fueron sometidos a las agresiones del patrón del mal y sus secuaces, continúen en la junta y sean los
líderes que lleven al golf al lugar que le corresponde. Y que hagan la tarea
completa (¡no se olviden de la metástasis!) y consumen la tan anhelada
transformación.
La asamblea habló,
habló duro, y emitió un mensaje contundente: NO MÁS patanería, NO MÁS grosería,
NO MÁS maltrato a los clubes y a los golfistas, NO MÁS episodios que
colindan con lo delincuencial, NO MÁS sometimiento a los caprichos y
arbitrariedades de un nefasto empleado y sus compinches, NO MÁS gestión de la
Fedegolf como la finca particular del capataz.
Soplan vientos de cambio en el golf colombiano, una brisa
reconfortante. Lo más importante es que
la asamblea no pierda su protagonismo, porque de ella depende el futuro de la actividad.
Se vislumbra una luz a final del largo y oscuro túnel, y eso ya es mucho. Los
buenos, los honestos, los que desean el bien común, dejaron la indiferencia, hicieron
sentir su voz y se movilizaron.
Ahora, es responsabilidad de todos los golfistas, incluidos
los que no pertenecen a clubes privados y los que juegan, pero no tienen
hándicap. Deben velar porque se dé la
ansiada transición y el golf vuelva a ser el deporte agradable para disfrutar
entre amigos, con decencia, con los valores y principios que hacen de esta una actividad
tan especial. Esto apenas comienza: ¡MOVILÍZATE, GOLFISTA!...
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